riencia, cuando confirmamos a las personas que los
asuntos de la fe pueden ser ofensivos, la gente tiende
a estar más abierta.
Tomando un café o compartiendo una comida, le
diría lo que dijiste (me gustó tu forma de expre-
sarlo): «Este dolor que estás sintiendo es normal en
un mundo roto, enfermo de pecado». Sin duda te
animaría a decir eso pero, en ese momento, le pediría
permiso, otra vez, para explicarle cómo Dios recon-
cilia consigo mismo a un mundo roto: «Candice,
¿me darías permiso para decirte de qué manera
pienso que Dios obra en un mundo que está roto?»,
y entonces «Candice, tus lágrimas me conmovieron
verdaderamente, y cuando lo he pensado, no puedo
imaginar nada más importante que pudieras saber
en tu situación, que no sea el mensaje de Cristo», o
le diría «sé que el tema de la religión puede ser divi-
sivo, pero Candice, por los últimos dos mil años las
personas han encontrado en el mensaje de Jesús la
clave para entender la vida y la muerte, y quiero con-
tarte al respecto», o «Candice, sabes que creo en un
Dios que sufrió en una cruz, o sea, un Dios que se
ha identificado con nuestra muerte. Y esto tiene
tanto que ver con tu situación que me gustaría ex-
plicarte el mensaje de Jesús»; algo así, o tal vez una
combinación de las tres. Tú sabrás mejor cómo de-
cirlo en tu contexto y en el de Candice, pero el obje-
tivo es darle una explicación honesta del evangelio,
llena de significado eterno y que le ayude a ver su
LA EVANGELIZACIÓN
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