—¿Y CÓ-MO LLE-GÓ A TU BOL-SI-LLO? —gritó mi papá, que cuando se enoja separa
las palabras en sílabas.
Entonces les conté cómo lo había encontrado en la vereda cuando iba a comprar
el pan y lo había confundido con una hormiga, pero después hizo guau y, claro, las
hormigas guau no hacen, así que miré bien y me di cuenta de que era perro, y si lo
dejaba ahí, pobre, tan chiquito, alguien que fuera corto de vista o distraído lo iba a
pisar y me dio lástima, y se me ocurrió traerlo porque a mí me gustan tanto los perros,
y lo escondí en el bolsillo, y…
Cuando terminé de contar mi historia, un poco desordenada porque estaba muy
nervioso y además mi hermana me interrumpía a cada rato con sus estornudos, el
perro, que se había comido toda la carne, salió de la fuente y, moviendo la cola se me
acercó, hizo un guau corto, dio cuatro vueltas y se echó a dormir sobre la servilleta.
—Nunca había visto un perro tan chiquito —dijo mi mamá sonriendo, y mirando
la fuente vacía agregó—: se ve que tenía hambre.
—Parece mansito —comentó mi papá, acercándose para verlo mejor y rascándole
atrás de las orejas, que es una forma de mimo muy apreciada por los perros.
—Yo…, ¡atchís! y sabía…, que…, ¡atchís!, había…, ¡atchís!, gato encerrado…,
¡atchís! —dijo la amarga de mi hermana.
—Perro encerrado, querrás decir —se rio mi mamá, que es creativa no solo para
dar explicaciones, sino también para hacer chistes.
Mi papá le festejó la ocurrencia a mi mamá, y al ver que se reían con tantas ganas
comprendí que tenía frente a mí la mejor oportunidad de mi vida. «Ahora o nunca»,
pensé y, tomando coraje, les pregunté:
—¿Me lo puedo quedar?
Mis padres dejaron de reírse y se miraron, sin contestar nada.
—Es tan chiquito —insistí yo que, como ya dije varias veces, soy especialista en
insistir—. No va a dar mucho trabajo. Yo me voy a ocupar de todo: de bañarlo, de
sacarlo a pasear, de darle de comer…
—Mmmm, no sé —dijo mi mamá.
—Mmmm, no sé —dijo mi papá.
—¡Atchís! —dijo mi hermana.
—Por favor —supliqué—. Es lo que más quiero en la vida. Aunque sea que se
quede un tiempo, para probar…
—Está bien —dijo mi mamá—. Pero al menor problema…
—¡Bravo! ¡Viva! —la interrumpí, saltando de alegría y corriendo a abrazarla—.
Gracias, mami. Gracias, papá.
—Bueno, Fede —agregó mi papá—. Pero ya oíste a tu madre. Si hay algún
problema…
—No va a haber ningún problema, papito —le aseguré yo, que no podía dejar de
www.lectulandia.com - Página 14