—¿O si tuviera algo suyo?
Tanto mi padre como Lindsey hablaban con apasionamiento, la segunda
pierna cubierta de espuma pero sin afeitar, porque al prender fuego los dos
palos de su interés habían iluminado la idea de que yo estaba en alguna
parte de esa casa. En el sótano, en la planta baja, en el piso superior o en
la buhardilla. Para no tener que admitir un pensamiento tan atroz —pero,
ay, si fuera verdad sería una prueba tan clara, tan perfecta y
concluyente...—, recordaron cómo iba vestida yo ese día, lo que llevaba, la
goma de borrar de Frito Bandito que yo atesoraba, la chapa de David
Cassidy prendida dentro de mi bolsa, la de David Bowie fuera.
Enumeraron todos los accesorios de lo que sería la mejor y más espantosa
evidencia que podrían encontrar: mi cuerpo troceado, mis ojos en blanco y
pudriéndose.
Mis ojos: el maquillaje que le había regalado la abuela Lynn ayudaba, pero
no resolvía el problema de que todos vieran mis ojos en los de Lindsey.
Cuando aparecían en la polvera que utilizaba la niña del pupitre de al lado o
en un inesperado reflejo en el escaparate de una tienda, desviaba la
mirada. Sobre todo era doloroso para mi padre. Y al hablar con él se dio
cuenta de que, mientras tocaban ese tema —el señor Harvey, mi ropa, mi
cartera con mis libros, mi cuerpo, yo—, mi padre estaba tan atento a mi
recuerdo que la veía de nuevo como a Lindsey y no como una trágica
combinación de sus dos hijas.
—Entonces, ¿te gustaría poder entrar en su casa? —preguntó ella.
Se miraron, reconociendo de manera cas i imperceptible que era una idea
peligrosa. Cuando él vaciló antes de responder por fin que eso sería ilegal y
que no, que no había pensado en ello, ella supo que mentía. También supo
que necesitaba que alguien lo hiciera por él.
—Deberías terminar de afeitarte, cariño —dijo él.
Ella le dio la razón y se volvió, consciente de lo que le había dicho.
La abuela Lynn llegó el lunes anterior a Acción de Gracias. Con los mismos
ojos láser que buscaron de inmediato alguna imperfección antiestética en
mi hermana, vio algo detrás de la sonrisa de su hija, en sus movimientos
aplacados y serenos, en cómo su cuerpo respondía cuando venía el
detective Fenerman o la policía.
Cuando esa noche, después de cenar, mi madre rechazó el ofrecimiento de
mi padre de ayudarla a lavar los platos, los ojos láser se convencieron. Con
firmeza, y con gran asombro de todos los comensales y alivio de mi
hermana, la abuela Lynn anunció algo.
—Abigail, voy a ayudarte a lavar los platos. Un asunto entre madre e hija.
—¿Qué?
Mi madre había previsto deshacerse fácilmente de Lindsey y pasar el resto
de la noche frente al fregadero, lavando despacio los platos y mirando por
la ventana hasta que la oscuridad le devolviera su reflejo, los ruidos del
televisor dejaran finalmente de oírse y volviera a estar sola.
—Ayer mismo me hice las uñas —dijo la abuela después de ponerse el
delantal encima de su vestido de diseño beige—, de modo que secaré yo.
—Madre, de verdad, no es necesario.
—Lo es, cariño, créeme —dijo mi abuela.
Había algo sobrio y cortante en ese «cariño».
Buckley se llevó a mi padre de la mano a la sala contigua, donde estaba el
televisor. Se sentaron, y Lindsey, que había recibido una reprimenda, subió
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