El principio (gene edwards)

casadeoracionusa 1,778 views 82 slides Mar 01, 2014
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(Portada)



































GENE EDWARDS

LAS CRÓNICAS DE LA PUERTA

LIBROS DE GENE EDWARDS
(Pídalos en su librería favorita)


DE CONSUELO Y SANIDAD

Perfil de tres monarcas
Querida Liliana
El divino romance
Viaje hacia adentro
Cartas a un cristiano desolado
El prisionero de la tercera celda

Las Crónicas de la Puerta
El principio
La salida
El nacimiento
El triunfo
El retorno

VIDA DE IGLESIA

La vida suprema
Nuestra misión: frente a una división en la iglesia
Cómo prevenir una división en la iglesia
Revolución: Historia de la iglesia primitiva
El secreto de la vida cristiana
El diario de Silas





Cells Christian Ministry
Editorial El Faro
3027 N. Clybourn
Chicago, Il. 60618
(773) 975-8391



2

(Title page)





El

Principio


LAS CRONICAS DE
LA PUERTA

Gene Edwards
















Editorial El Faro
Chicago, Illinois
EE. UU. de América


3

(Copyright page)













Publicado por
Editorial El Faro
Chicago, Il., EE.UU.
Derechos reservados

Primera edición en español 1998

© 1992 por Gene Edwards

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida
por medios mecánicos ni electrónicos, ni con fotocopiadoras, ni grabadoras, ni de
ninguna otra manera, excepto para pasajes breves como reseña, ni puede ser
guardada en ningún sistema de recuperación, sin el permiso escrito del autor.


Originalmente publicado en inglés con el título:
The Beginnig
Por Tyndale House Publishers, Inc.
Wheaton, Illinois


Traducido al español por: Esteban A. Marosi
Cubierta diseñada por: N. N.
(Fotografía por: N. N.)


Producto # # #
ISBN # # #
Impreso en ...
Printed in ...





4

INTRODUCCION




MUCHAS GRACIAS a usted p or venir a encontrarse conmigo aquí a l a
entrada del teatro.
Esta vez los actores nos han preparado un relato respecto d e
la Puerta que separa los dos universos que Dios creó. Por tanto, e l
drama que vamos a ver es una aventura que penetra en ámbito s
invisibles.
Es siempre un placer que usted me acompañe cuando los actore s
presentan una producción como ésta. Considero un hon or poder pasar
este tiempo con usted.
Igual que en ocasiones anteriores, se nos han proporcionado
los mejores asientos de la sala. En la escena de apertura, el
Señor, que está a punto de crear los cielos, primeramente crea un
solitario ángel. Este ángel muy especial es creado antes que tod o
lo demás, a fin de que pueda registrar todos los acontecimientos de
la creación.
El acomodador nos está haciendo señas. Debemos tomar nuestros
asientos ahora. Y, una vez más, muchas gracias por acompañarme e n
esta ocasión tan especial.























5

PROLOGO




TU NOMBRE será Registrador. Anotarás en el Libro de Registros todo
lo que a partir de este momento haya de acontecer. Te he creado un
momento antes de c rear a tus compañeros, para que haya un registro
incluso de su cr eación. Te he do tado de un discernimiento que no
daré a ningún otro.
—Tú eres mi Señor y mi Creador —respondió Registrador—. Está s
a punto de crear un vasto ámbito, ¿no es verdad?
—Así es.
—Esos libros que están allí, junto a tu trono, constituyen m i
encargo, ¿no es así? En esos libros he de registrar todos los
acontecimientos.
—Sí; así es.
Registrador tomó en sus manos esos grandes libros dorados.
—Mi Señor, uno de estos libros lleva por título El Libro de la
Vida. Y... ya es tá lleno de nomb res. No lo entiendo. ¿Nombres de
quiénes? Aquí no hay nadie, excepto Tú y... tu siervo.
—Esos son los nombres de todos aquellos que Yo he escogid o
antes de la creación. Todavía no los he creado. Aún no. Pero ya los
he escogido.
Los ojos de Registrador relumbraron; su espíritu se avivó.
—No ha habido creación hasta ahora. Hasta e ste mismo momento
Tú has sido el Todo. Pero antes... antes de que crearas... ha
habido actividad.
—Registrador, hablas con la percepción que Yo te he legado.
—Mi Señor, Tú has visto el principio aun antes de haberlo
creado, ¿no es verdad?
—Yo he visto el principio de la crea ción. Y he visto el final
de ella.
Registrador quedó inmóvil. La ausencia misma de reacción de su
parte era su modo de hacer una pregunta. El Señor continuó:
—Registrador, Yo he estado en el principio y he visto l a
conclusión. He estado en la conclusión y he visto el principio.
—Señor, tus p alabras están más a llá del alcance del
entendimiento que me has dado.
—Yo Soy... más allá de todo entendimiento, Registrador.
Consciente de lo que debía hacer a continuación, Registrador
puso el libro delante de sí y ocupó su puesto junto al trono. Hizo
una pausa y miró de nuevo a su Señor, sabiendo que El aún no había
terminado de hablar.
—He acabado todas las cosas.
6

—¿Que has... acabado? —respondió el asombrado ángel.
— Antes de Yo crear todas las cosas, acabé todas las cosas.
—Señor, Tú sabes que no entiendo eso.
—Cierto. No obstante, anota en el Li bro de Registros lo que he
dicho.
Registrador levantó la plu ma y escribió en la prim era página
del libro: “Antes de que el Creador de todas las cosas creara... E l
acabó todas las cosas.”
—Señor... percibo que aún tienes algo más que decir.
—Anota esto también en el registro: Hay un Misterio oculto en
mí. Un Misterio en Mí, desconocido para todos... escondido en M í
desde antes de la creación del mundo.
—Registraré esto también —respondió el austero ángel.
Una vez más Registrador escribió en el libro las palabras d e
su Señor. Entonces, de repente, Registrador se volvió y dijo:
—¡Señor! Hay algo más.
El Señor no resp ondió, sino que comenzó a fluir de El un
raudal de luz com o ríos de fuego blanco. Registrador se cubrió el
rostro. Ese resplandor siguió creciendo. El á ngel empezó a vacilar,
aterrado de que fuera a ser consumido por la gloria.
La brillantez de ese raudal de luz siguió creciendo e n
espiral, tornándose ahora en un llameante horno de oro. De un a
manera intuitiva Registrador sabía que habría de encarar de lleno a
su Señor. Así que, descubriendo los ojos, alzó la vista. La s
vestiduras de su Señor estaban fluyendo alrededor de El como en
ondas líquidas de fuego dorado.
Registrador cerró los ojos apretadamente, vaciló por un
momento y volvió a mirar.
—¡Oh, no! ¡No! —gritó de pronto Registrador horrorizado—. ¡No
es posible!
—¿Qué es lo que ves, Registrador?
—¡Oh, mi Señor! En tu costado... hay... una cicatriz. Has sid o
herido.
—No, Registrador; no herido. He sido inmolado. Inmolado antes
de la fundación del mundo.
—Escribe en las cr ónicas de la creac ión lo que has visto y lo
que has oído. Después sella estas páginas, a fin de que ningún ojo
vea lo que has escrito. Estas palabras han de permanecer
selladas... hasta...
—¿Hasta cuándo, mi Señor?
—¡Hasta la plenitud del tiempo!
—Y ahora, Registrador, retrocede y ocupa tu lugar junto al
trono. Registra lo que v eas, porque estoy a punt o de crear las
cosas eternas... ¡así como a tus compañeros!
7

PARTE

I




















8

CAPITULO
Uno




Con un rápido movimiento el Señor pasó la mano por el horizonte de
la nadedad

. De repente aparecieron, como en un estallido, primero
tres y enseguida millares de millares de seres de luz deslumbrante.
Todos a una se volvieron, quedando de fren te a Aquel que los
había hecho. Enseguida se dividieron en tres huestes innumerables.
De en medio de uno de aquellos inmensos grupos se levantó una
aterradora criatura que tenía en la mano una espada tan inmensa ,
que ciertamente podía tajar la eternidad en dos.
—Yo soy Miguel, el primero de los principales príncipes.
Otra criatura de semejante apariencia terrífica se levantó de
en medio del se gundo grupo de seres, portando en la mano una
poderosa trompeta.
—Yo soy Gabriel; la segunda hueste de mensajeros es ahora m i
encomienda.
Por último, de la tercera hueste se levantó un ser d e
indescriptible hermosura.
—Yo soy Lucifer, el ángel de luz, el más glorioso de todos los
que has formado. –Habiendo dicho estas palabras, el Hijo de l a
mañana subió por encima de la tercera hueste de ángeles y tomó s u
puesto cerca del trono de Dios.
Movidos por un in stinto celestial, arcángeles y ánge les a la
par alzaron su voz en un rugido ensordecedor:
¡Honor a Aquel que era antes de todas las cosas!
El Señor se unió a ellos en un potente grito, gozoso por haber
adquirido compañía. El gozo y la alabanza se unieron cuando l a
creación combinó el júbilo con la alabanza en la inauguración de su
nacimiento.
En ese grandioso momento el Creador optó por revelar toda s u
gloria a los que eran su creación. Conforme su gloria irradiaba a
través de las extensiones de la eternidad, las huestes angélicas l o
circundaron... lo creado saludaba al increado. Sólo en tre s
ocasiones en todos los anales de la eternidad, se habría d e
registrar que se ejecutaría semejante crescendo de gritos y
cánticos y alabanzas con tal desenvoltura.


Nothingness en el original. Es un término abstracto que el autor usa en sus obras y que no tiene
correspondiente exacto en español. ‘Inexistencia’ no da la idea, ‘nadedad’ sí. (Nota del traductor.)
9

¡Señor nuestro!
¡Eres antes, más allá y por encima de la eternidad!
Señor nuestro, Creador nuestro y Dios nuestro.
—Ahora vayan, y exploren su morada –gritó el Señor.
De inmediato, aquellos seres espirituales se dispersaron
saliendo por las inmensurables extensiones e ese ámbito recién
creado que vendría a ser llamado la eternidad.






































10

CAPITULO
Dos




Los ángeles formaron parejas al viajar a través de los lugare s
celestiales. Al atravesar aquel dominio de lo eterno, cada ángel
compartía con su compañero la revelación que surgía en su espíritu.
—Sé quién soy. Por algún instinto que no puedo explicar, sé mi
nombre y el propósito de mi existencia –declaró un ángel a su n uevo
amigo.
—¡Igual que yo! –respondió el segundo.
—¡Yo soy Exalta!
—Y yo soy Gloir.
—Fuimos creados para servir, sabes –observó Exalta, mirand o
sus poderosos brazos y manos.
—¡Qué maravilloso! ¡Para servir! –respondió Gloir—. Y sin
embargo, no hay nadie a quien podamos servir. Pero el Señor aun no
ha terminado, sabes –siguió diciendo—. Nuestro Creador tan sól o ha
empezado. Antes de que pase este día, habrá más cosas.
De pronto Exalta se detuvo; su espíritu fulguró.
—¡Percibo algo! Sí, nuestro Señor nos l lama de vuelta al
trono. ¡Está a punto de crear nuevamente!
—¡Sí! –exclamó Gloir—. ¡Pronto, al trono!
Desde las ilimitadas expansiones de la eter nidad los ángeles
se abalanzaron hacia el tro no y allí se congregaron alrededor de su
Señor, rodeándolo en una luz calidoscópica. Al tiempo que lo hací-
an, su Señor se dirigió hacia esa pa rte de los lugares celestiales
donde el ámbito espiritual parecía terminar.
—Escúchenme, acom pañantes míos – dijo—. Más allá de esta
Frontera yace un abismo de nadedad no nacido aún.
El Señor hizo una pausa y levantó la mano. Los ángeles cesaron
de volar en círculo.
Con una voz que tronaba alejándose a través de aquel abismo ,
el Creador exclamó:
Voy a crear ahora un segundo ámbito celeste. Este espacio será visible. ¡De
modo que también tendrá medida!
—¿Visible? –dijo Exalta, perplejo por el té rmino sin sentido
para él.
—¿Medida? –añadió Gloir, mostrando una similar perplejidad.
—Es que nosotros no entendemos qué significan esas cosas, ¿n o
es verdad? –dijo Exalta.
—¡No! Pero lo sabremos enseguida –respondió su compañero.
El Creador levantó las manos, irguió la cabeza y habló:
—¡Haya luz!
11

De repente hubo luz, como en un estallido, la cual s e
precipitó a través de lo que un momento antes había sido nadedad.
Simultáneamente, desde la garganta de todos los ángeles brotó
un “¡Ooooo!” de delectación.
—¡Pero si la podemos ver! –susurró Exalta.
La luz se extendió por to da aquella inmensurable esfera, qu e
era vasta aun de acuerdo con las normas angélicas. Con to do, a
diferencia de los lugares celestiales, este ámbito tenía límites.
—Por todos lados puedes hallar sus límites –observó Gloir
desconcertado.
Allá adentro, en lo más recóndito de los ángeles, algo les
dejó saber que este segundo ámbito, a diferencia del ámbito d e
ellos, era temporal. No era para siempre.
—¿Visible? –consideró Exalta—. Y limitado.
—Y temporal –añadió Gloir.
Entonces Gloir, con el ceño fruncido, se volvió hacia exalta.
—¿Y qué significa eso? –le preguntó.
—Yo no sé –contestó Exalta, igualmente desconcertado—. Es
obvio que lo fini to y lo visible son cosas demasiado grandes para
que nuestro espíritu infinito lo comprenda.
























12

CAPITULO
Tres




Al principio mismo del día segundo, el Señor convocó una vez más a
la hueste celestial a una reunión.
—¡Vengan todos! Entraremos en la esfera visible.
De inmediato toda la hues te angélica pasó al otro lado de la
Frontera, entrando así en el ámbito temporal.
Una resplandeciente estela de luz viviente comenzó a descende r
en espiral por las extensiones del espacio desprovistas de
escaleras, conforme el Señor mismo guiaba hacia el centro de l a
creación visible aquella procesión de án geles, que iban con los
ojos muy abiertos. Y al tiempo que esa guirnalda de ángele s
descendía velozmente, ninguno de ellos podía evitar el fuerte
impulso de estirar la cabeza hacia atrás y hacia adelante, par a
observar la increíble escena que ell os mismos estaban originando al
descender raudamente dentro de ese mundo visible.
Incontables ojos invisibles se sum ergían en la ine xplicable
hermosura de la creación hermana. Había gloria en todas partes.
¡Gloria visible!
—¿El hizo todo est o con una palabra? –musitó Gloir a nadie en
particular, asombrado.
—¿No es maravillosa la luz? –exclamó Exalta—. ¡Es una
semejanza! ¡Una semejanza viva de la luz que resplandece sobre l a
faz de Dios!
Al aproximarse todos al ce ntro mismo del ám bito material, el
Señor levantó la mano. Aquella viviente procesión de luz se detuvo
y esperó.
—En este lugar volveré a crear. Por cinco días estaré
trabajando aquí.
A continuación, la hueste angélica se dispersó hacia toda s
partes a fin de explorar aquel sagrado sitio. Lo que hallaron fu e
una ristra de oscuros planetas que entrelazaban su curso, en orde n
de sucesión, a través de una pequeña expansión. Había ocho de tales
planetas, pero todos notaban una brecha en esa serie. Algo habí a
sido dejado fuera.
¿O era que había algo que no se había insertado aún?
—Hasta este momento Yo he creado tan sólo u na cosa. Sólo he
creado los cielos invisibles y los cielos visibles. Y ahora voy a
crear... la tierra.
— “¿Tierra?” –preguntaron en su espíritu todos los ángeles.
13

—Aquí, en este lugar voy a crear... el planeta favorecido.
Con intuición espiritual, toda la hueste angélica prorrumpió
nuevamente en un cántico que ven dría a ser conocido eternamente
como el Cántico de la Creación
Por encima del sublime sonido de su cantar celestial se podí a
oír la voz del Señor. Sus palabras armonizaban perfectamente con l a
exuberante alabanza de los ángeles:
—¡Miren! ¡El brillante globo azul! –dijo.
Desde la punta del dedo del Señor cayó suavemente una
exquisita gota de lo que al principio parecía ser agua de un color
azul profundo. Pero conforme los ángeles continuaron mirando con
admiración esa maravillosa cosa, vieron que a quello que había caído
del dedo de su Señor, era un planeta espléndido y brillante.
Los ángeles continuaron su cántico, al tiem po que todos
los ojos y espíritus angélicos convenían en que aquel orbe ,
cubierto de agua azul rutilante, sería la más hermosa esfera qu e
habría de surcar jamás el ámbito visible.































14

CAPITULO
Cuatro




Al comienzo del día tercero el Señor declaró:
—Ahora voy a hacer que se descubra y se levante la tierra seca
de en medio del agua azul oscuro.
Al decir estas palabras, surgió de las aguas la tierra seca .
Sobre la tierra aparecieron montañas y collados, ríos y arroyos,
océanos y lagos.
—¡Ahora voy a hacer aparecer otra forma de vida! –gritó e l
Creador.
—¡Ooooo! —exclamaron una vez más los ángeles con agradable
sorpresa—. ¡Compañía!
—Voy a crear... –El Señor h izo una pausa, indicando así a sus
compañeros que El tenía otra sorpresa más—. Voy a c rear una forma
de vida que es visible.
—¡Ooooo! –exclamaron nuevamente los ángeles—. ¿Vida visible?
¿Es posible eso?
—Yo nunca habría considerado semeja nte cosa –observó Exalta,
confundido.
—Ni yo tampoco –convino Gloir.
Apenas el Señor hubo terminado de hablar, comenzaron a brotar
del suelo tallitos verdes de algo.
Entonces todos los ángeles, sin excepción alguna, se tiraron a
la superficie del planeta, cayeron de rodillas y se pusieron a
contemplar con admiración la hierba verde que brotaba debajo de su s
manos y pies.
—¿Es esto realmente una forma de vida? –preguntó Exalta a l
levantar, perplejo, la cabeza—. Es que esto no... bueno, ¡esto n o
se mueve!
—Este... yo no sé –respondió Gloir pensativamente—. Ondea un
poco hacia un lado y otro.
—Tú sabes lo que quiero decir –exclamó Exalta indignado—. Todo
lo que vive, se mueve por todas partes... ¿no es cierto?
Pero Gloir se encontraba pedido en sus propios pensamientos al
mirar con atención ese... algo verde.
—¿Y esto necesitará realmente nuestro servicio? –preguntó
reflexivamente.
En ese momento otro ángel cercano se puso de pie y gritó:
—¡Miren allí!
15

De inmediato toda la hueste angélica se volvió y comenzó a
regocijarse. Al hacerlo, los án geles (como hacen siempre los
ángeles) comenzaron a aclamar juntos:
El Señor ha entretejido semejanzas de Sí mismo en su creación. Hoy nos
proporciona una semejanza del Arbol de la Vida. ¡Sobre la faz del planeta
favorecido ha puesto incluso semejanzas del glorioso árbol del cielo!
—¡Oh, qué maravilloso! –exclamó Gloir al observar cómo u n
inmenso bosque de árboles brotaba a la existencia.
—¡Sí, qué admirable! ¡Adondequiera que miramos, se ven
semejanzas! Semej anzas de nuestro ámbito y semejanzas de nuestro
Señor. Exalta, esto se está volviendo UN lugar de maravillas.
—¡Arboles vivientes, aquí, en este ámbito! –añadió Exalta con
admiración—. Arboles que tanto hacen recordar el Arbol de la Vida .
Bueno, no exactamente lo mismo, desde luego. No existe nada ta n
inmenso y tan viviente como el Arbol de la Vida.






























16

CAPITULO
Cinco




El Creador de todas las cosas siguió trabajando, hasta que lleg ó el
día cuarto. Entonces hizo una pausa y, más pensativamente que nunc a
antes, creó algo q ue no era viviente. Colgó u na pequeña luna ju sto
afuera de los cielos de la tierra.
Hecho eso, el Creador colocó una inmensa bola en el m ismísimo
medio de los nueve pequeños planetas. Entonces la tocó, y es e
gigantesco globo estalló en un hirviente fuego que iluminó el mund o
de los nueve planetas.
Y en el mismo instante en que el Señor encendió el sol de la
tierra, también creó las es trellas – cien mil millones de bolas de
rutilante luz.
El esplendor del sol de la tierra llenó el día, en tanto que
de noche la luna de la tierra reflejaba la gloria del sol.
—¡Más semejanzas! ¡Más semejanzas de nuestro Señor! –observó
Exalta encantado.
Para la noche del día qui nto, el planeta favorecido rebosaba
de una miscelánea de vida. Multitud de criaturas llenaban el mar ,
mientras que ser es alados llenaban el ai re. Los atentos ángeles
tuvieron el pres entimiento de que el sexto día vendría a ser el
gran final de la creación.
Y así fue, pues todo el día sexto fue ded icado enteramente a
crear nuevas formas de vid a. Y cada vez que su Señor creaba, los
ángeles observaban que la forma de vida que El hacía aparecer, era
algo superior a la anterior. Tampoco les pasaba inadvertido que
cada vez que cre aba, las semejanzas de Sí mismo que El entretejí a
tan diestramente en ca da criatura, se hacían cada vez más
distintas.
Fue hacia la mitad del día sexto que el Señor creó un ser que
era más parecido a Sí mismo que ningún otro ser viviente. La huest e
angélica entera rodeó esa pequeña criatura, cantándole con una
mezcla de honor y temor reverente.
—¡Nuestro Señor ha creado una semejanza tan bella de Sí mismo!
—Sí; una semejanza más completa que todas las demás.
—Una semejanza casi perfecta de todos sus caminos, de s u
naturaleza y de su gloria —susurró Exalta.
Desde luego, estaban hablando de un corderito.


17

CAPITULO
Seis




Ya estando bien avanzada la tard e del día sexto, era obv io para
todos que la obra de creación del Señor estaba llegando a su fin.
Entonces el Creador dio un paso atrás y observó todo lo que
había hecho. Con su agud a vista, los ángeles notaron que, por u n
breve instante (por primera y única vez en toda la histori a
eterna), el Señor pareció ligeramente cansado. Si continuab a
trabajando a ese paso, observaron, podría incluso necesitar
descansar al día siguiente.
—El Señor está a punto de crear el último ser vi viente —
susurró Gloir entendidamente a Exalta.
—Creo que sé qué va a ser esa criatura —respondió Exalta.
—¿Y qué será? —preguntó Gloir un poco incrédulamente.
—¿Has notado que cada vez que el Señor crea una nueva forma de
vida visible... la misma es superior a la anterior? Bueno, creo que
es razonable... que ahora vaya a crear...
—¿A crear qué? —respondió Gloir impaciente.
—La creación final de la t ierra será un... bueno... un ángel
visible.
¡No hay nada tal como un ángel visible! —replicó Gloir.
—Sí, es cierto... bueno, hasta ahora... Pero...
La conversación angélica se detuvo imprevistamente. E l Señor
estaba a punto de hablar.
—Ahora —dijo El—. Esta palabra fue pronunciada con expectación
y finalidad. Todo espíritu latía emocionado, porque era obvio que
un gozo muy grande se agitaba en lo profundo del ser del Señor.
Ahora viene mi acto final de creación. Después de esta última criatura nunca
más volveré a crear. ¡Nunca más! Ni en los cielos, ni en la tierra. Lo material
—que comprende espacio, tiempo, materia y dimensión— llega a su conclusión cre-
ativa, como también el ámbito de lo espiritual.
En este momento la creación carece de una sola cosa... ¡De su Propósito!
Todos los ángeles jadearon. Ese er a un pensamiento que ellos
habían conocido instintivamente, si bien nunca se había e xpresado
en palabras: ¿Por qué motivo creó nuestro Señor? ¿Cuál es l a
finalidad de esta creación?
—Ahora, a realizar mi Propósito.
18

El Señor pronunció esa palabra de una manera que los ángele s
no habían oído nunca antes. ¡El Propósito! Era una expresión que no
se había de indagar, sino ver.
Aquí el Señor se volvió y enfrentó a toda la ciudadaní a
celestial. sus o jos flameaban. Eran como llamas de una luz
increada.
—Entiéndase bien esto —declaró—: Toda la creación ha sido
hecha a causa de esta criatura. ¡Solamente de ésta!
Ahora la expectación era verdaderamente electrizante. Exalta
estaba tan ansioso de gritar alabanzas, que creía que su espírit u
estallaría.
Entonces el Señor fue hasta el centro mismo de la superficie
del planeta favorecido. Enseguida, y en forma muy deliberada, se
agachó y metió las manos suavemente en el húmedo suelo rojizo.
Debido a que el Creador habría de utilizar la arci lla de la
propia tierra, los ángeles inmediatamente comprendieron (o creyeron
haber comprendido) que esta criatura pertenecería tan só lo al
planeta verdiazul.
Con sumo cuidado, el Señor empezó a amasar y esculpir l a
arcilla rojiza. Haciendo uso de nada menos que el pleno espectro de
su divina habilidad artística, el Creador plasmaba una figura
sumamente exquisita.
Pero, inexplicablemente, cada pocos momentos el Señor se
detenía, reflexionaba y luego continuaba plasmando. Ese era un
gesto nunca antes observado en El. Ni los ángeles captaron del todo
su pleno significado... al menos al principio. Pero había algo qu e
sí comprendieron. Emergiendo de la arcilla aparecía la más bella
criatura de todo el ámbito visible.





















19

CAPITULO
Siete




Uno de los arcángeles se deslizó junto al Señor e inquirió, con lo
que parecía la más grande curiosidad:
—¿Estará éste sobre nosotros?
—No —respondió el Señor, sin detenerse en su labor—. Será
creado un poco menor que los ángeles. Al menos... al principio.
Pero éste no será su estrado final.
—Hasta entonces ¿él nos se rvirá? —preguntó el más he rmoso de
los ángeles.
—No, —respondió el Señor—. Ustedes lo servirán a él. Esta e s
mi naturaleza. El mayor servirá al menor.
—Y esta criatura, formada de barro y arcilla... ¿será tan
hermosa como nosotros? —prosiguió el arcángel.
—El será tan... El será tan hermoso como incluso un arcángel.
Tal vez hasta más hermoso... porque...
Todos los ángeles hicieron un gran esfuerzo para oír la s
palabras siguientes.
—Como puedes ver, él será formado a... mi... imagen.
—Hubo un momento de pasmado silencio, al tiempo que tod a
mirada se desplazaba hacia aquella figura de arcilla.
—¡Es verdad! —exclamó Exalta, que a menudo era el primero e n
romper el silencio angélico con sus exaltaciones.
Primero un ángel y lueg o otro y otro se unieron a la
aclamación de Exalta. La alabanza, a manera de una ola inmensa ,
creció hasta llegar a un r ugido atronador, que sacudió la textura
misma del universo al resonar a través de las galaxias.
—¡Yo lo sabía! ¡Yo lo sabía! —exclamó Gloir—. ¡Sabía q ue yo he
sido creado para algo! ¡He de servir al que ha sido hecho a imagen
de mi Dios! ¿Cuán maravilloso puede ser lo maravilloso?
Así, pues, aconteció que en ese momento de revelación, los
ángeles comprendieron por qué su Señor había hecho tan frecuentes
pausas al moldear esa arc illa. El había estado reflexionando sobre
su propio ser, esculpiendo luego en la arcilla visible las marca s
de sus propias características invisibles.
En breve los ángeles volvieron a quedar silenciosos para no
perderse ni un instante de los momentos finales de ese drama que s e
estaba desarrollando allí.
20

El Señor se puso en pie y se quitó la arcilla de las manos,
luego dio un pas o atrás, estudió la figu ra de arcilla y musitó
algunas palabras demasiado suaves como p ara que oído alguno las
pudiese oír.
—Al fin, mi obra maestra. El escogido.
Los ángeles acallaron todo menos su respiración. ¿Y ahora,
despertaría El a esa criatura? Y si así fuese, ¿cómo lo haría?










































21

CAPITULO
Ocho




Inmóviles, los ángeles esperaban que su Señor extendiera la mano y
tocara la inánime figura de arci lla que yacía en el suel o y le
diera vida. Entonces la mis ma se levantaría y tomaría su puesto en
el planeta favorecido como la cr iatura suprema de la tierra — u n
ser a tono con el ámbito material.
O así lo supusieron.
En cambio, el Señor dejó de contemplar la arcilla esculpida y ,
volviendo el rostr o, su mirada se extendió, primero a través de la
vasta expansión de espacio y tie mpo, y luego, ¡más allá de la
Frontera! Parecía estar midiendo la distancia que había entre la
figura de arcilla y el lugar donde comenzaba el ámbito invisible.
Dejando totalmente desconcertada a toda la hueste angélica, el
Señor partió del planeta visible atravesando la atmósfera de l a
tierra y los cielos estrellados. Pero sacudiéndose enseguida s u
asombro, los ángeles se abalanzaron tras El.
El Señor se det uvo exactamente a medio camino entre el
brillante globo azul y la Frontera.
Asombrados, los ángeles vieron cómo su Creador extendió su s
omnipotentes brazos y, tomando al planeta favorecido con una mano y
al ámbito invisible con la otra, comenzó a traerlos uno hacia e l
otro. Fue aproximando cada vez más la Frontera hacia el pequeñ o
planeta llamado tierra.
Ahora ya lo vis ible y lo invisible virtualmente casi s e
estaban tocando.
Lo material y lo inmaterial
Lo visible y lo invisible.
Lo dimensional y lo no dimensional.
Lo físico y lo espiritual.
El planeta favorecido y
el otro ámbito
estaban a punto de tocarse.
Allí, ante los ojos de los ex tasiados ángeles se est aba
desenvolviendo el más des concertante momento de tod os los actos de
la creación.
22

Parte

II































23

CAPITULO
Nueve




Ahora, con los dos ámbitos prácticamente tocándose, los ángele s
contemplaron algo que, a un cuando los o jos podían ver, lo s
espíritus no podían comprender. ¡El Arbol de la Vida estab a
desplazándose desde el cie lo hacia la tierra! Acompañando al Arbol
de la Vida venían las más sublimes glorias y las más imponderables
riquezas de los lugares celestiales.
En alguna parte de lo más r ecóndito del e spíritu de
Registrador nacieron estas palabras:
“La escena que ve o ahora, la habré de contemplar de nuevo en
alguna edad futura en una gloria aún mayor.”
Pero las palabras que surgieron en el espíritu de Registrador,
eran palabras que él no se atrevió registrar.
—¡El Arbol de la Vida desciende del cielo a la tierra! ¿Qué
podrá significar esto? —Preguntó Gloir pasmado.
Por un momento indescriptible, el Arbol de la Vida y la s
riquezas del cielo parecieron estar como su spendidos entre los dos
ámbitos. En ese inolvidable momento, el cielo tocaba al árbol po r
un lado y la tierra lo tocaba por el otro. Entonces el cielo y l a
tierra empezaron a traslaparse. Las riquezas de los lugare s
celestiales y las riquezas de la t ierra se entremezclaron... y de
repente formaron un vasto huerto en cuyo centro se encontraba e l
Arbol de la Vida.
¡Las glorias de do s universos se hab ían entrelazado, viniendo
a ser uno!
El huerto en que los dos ámbitos armonizaron, era tan vast o
como todo un subcontinente. Ahora los dos ámbitos: el espiritual y
el material, compartían un terreno común en un mundo de maravilla s
botánico, de una belleza y riqueza indescriptibles. Ahor a la
creación podía v anagloriarse de u n lugar que no era ni el ámbito
visible ni el ámbito invisible. De hecho, el huerto era amba s
cosas... al mismo tiempo.
Ese fue el momento más electrizante y de mayor expectación e n
la creación.
—Un huerto, —exclamó Exalta—. Una gloriosa combinación de la
suprema belleza de dos ámbi tos, que forma un lugar más hermoso que
cualquiera de los dos.
Al instante los á ngeles se abalanzaron desde arriba hacia la
entrada del huerto. No h abía más que un sólo pensamiento en todo
espíritu: ¡Cómo debe de ser, este huerto!
24

¡Ciertamente la creación de semejante lugar no había pasad o
nunca por la mente de los ángeles! ¡Ninguna criatura había soñad o
jamás con semejante combinación de la gloria material y la gl oria
espiritual! Por cierto ése era un lugar adecuado para el mismísimo
trono de Dios.









































25

CAPITULO
Diez




Ninguna pluma mortal describirá jamás, ni ninguna lengua de ángel
declarará, lo que los ojos de los ángeles contemplaron aquel dí a
cuando pasaron flameantes por el huerto, procurando comprender los
ámbitos inmezclables combinados en uno.
Algunas porciones del hu erto eran invisibles, otras era n
visibles. Algunas más eran tanto visibles como invisibles, por lo
que venían a ser una gloria mayor que cualquiera de las dos.
—¿Vive alguien aquí? —preguntó Exalta a media voz.
—Esto no es nuestro hogar, puesto que somos espíritus; el
mundo espiritual es nuestra morada —razonó Gloir.
—Tampoco puede ser la morada de Dios, porque El también e s
Espíritu.
—¿Puede esto ser el hogar destinado para el reino animal?
—¡Desde luego que no! —fu e la enfática respuesta de Exalta—.
Los animales están hechos del polvo de la tierra, y la tierra es su
morada. Además, ellos no pueden ver lo invisible.
—Bueno, alguien vive aquí. ¡O debe de vivir! ¡O va a vivir!
Pero a fin de armonizar con esta habitación, tendría que ser una
criatura compuesta de elementos de los dos ámbitos. Ciertament e
éste es el lugar más maravilloso de toda la creación en que alguie n
haya de vivir. Pero no hay nadie que corresponda a un lugar que es
tanto el cielo como la tierra.
—¡La arcilla! ¡La escultura de arcilla! —exclamó Exalta—.
¡Mira! Su figura yace justamente afuera de la entrada del huerto .
Este huerto habrá de ser su hogar.
—¿Podría ser? —preguntó Gloir no muy seguro.
—No, no es posible —continuó, procurando sonar n i seguro ni
inseguro al mismo tiempo—. Después de todo, l a arcilla, caso de que
llegue a vivir, sería de la tierra y solamente de la tierra. Igual
que los animales, él está hecho de arcilla.
—Entonces no hay nadie que pueda reclamar legítimamente este
lugar, —murmuró Exalta con tristeza.
Dos ámbitos se han tocado en este gozoso día.
El cielo y la tierra son uno.
Nadie ha soñado nunca
un sueño tan glorioso como éste.
26

¿Puede este misterio hallar su respuesta
en la arcilla silenciosa?
—¡Exalta, mira! Nuestro Señor ha vuelto a sus labores.
Algo renuentes, los ángeles abandonaron el huerto y rodearon a
su Señor. Observaron con mirada fogosa cómo su Señor se inclinab a
sobre la misteriosa criatura, hecha del polvo de la tierra, per o
que yacía tan, tan cerca de la entrada del huerto.









































27

CAPITULO
Once




—La criatura que yace a mis pies será llamada Tierra Roja, porque
él es de este planeta y de este planeta será ciudadano.
El Señor hizo una pausa, proporcionándole así un instante a
Gloir para decirle al oído a Exalta:
—Tierra Roja será para este ámbito lo que los arcángeles son
para el nuestro. Sin embargo, fíjate, el huerto no es de él.
Pero Gloir habló demasiado pronto, pues el Señor continuó:
—El será igualmente, desde todo punto de vista...
El Señor hizo otra pausa, y luego le susurró suavemente a la
hueste angélica:
—Quédense aquí.
Aquel mar de ángeles se abrió al pasar el Señor ascendiend o
por en medio de ellos. Ninguno lo acompañó, aun cuando todo s
deseaban vivamente hacerlo, ya q ue su Señor parecía estar yendo
hacia el ámbito invisible.
Esta vez el Seño r se precipitó más allá de la Frontera y
siguió hasta el centro de los lugares celestiales, ¡hasta el tron o
mismo! Una vez allí, echó hacia atrás la cabeza y bebió las brisas
del cielo, el aire mismo de los lugares celestiales. El alient o
celestial penetró en lo profundo de su seno, donde lo encerró en l o
más íntimo de su ser. Rápidamente volvió a descender al planet a
favorecido.
Una vez más el Señor se arrodilló junto a la figura de arcilla
esculpida. Entonces, para asombro de los ángeles, empezó a soplar
con suavidad aquel hálito del ámbito espiritual, bien hondo d entro
de aquella figura hecha del polvo de la tierra. El hálito santo,
invisible, procedente del universo de lo s mundos no vis ibles,
penetró por las inertes ventanas de la nariz de la inanimada figura
que pertenecía a la tierra.
¿Osaban los ángeles creer que lo celestial y lo terrena l
podían llegar a ser uno... dentro de una criatura viviente?
La acallada y quieta hueste de ángeles observó cómo ese
resplandeciente y latiente aliento fluía suavemente, descendiendo y
penetrando en las profundidades de la hermosa figura de arcilla. La
luz del hálito celestial penetró más y m ás hondo, dentro de las
partes más recónditas de la arcilla. Por últi mo, el hálito de vida
28

se juntó en un minúsculo espacio, haciendo su morada en las
porciones más recónditas de la figura de arcilla.
Aquel aliento de luz tré mula procedente de otros ámbitos,
comenzó a abrillantarse e i ntensificarse. Poco a poco su luz se fue
esparciendo por todo el interior de Tierra Roja, hasta que, po r
último, brotando de la superficie de la arcilla desnuda, revistió
al hombre con una vestidura de luz.
Arcilla de este ámbito y aliento del cielo del otro, he aquí
una criatura de dos mundos. Él es el único ser que es ciudadano de
los dos ámbitos.
Delante de ustedes está uno que se desplazará sin confines entre las dos
creaciones. Para él no hay frontera. Los dos ámbitos son uno sólo. Lo he hecho
heredero de las riquezas de la tierra, y heredero de las riquezas de los
lugares celestiales. Las dos son suyas. En parte material, en parte espiritual,
el que ustedes ven delante de sí es uno como ningún otro.
¡Vean mi obra maestra!
Después de decir estas palabras, el Señor se apartó de l a
figura de arcilla para observarla y esperar.
La escultura de ar cilla, vestida ahora de pie s a cabeza de un
suave resplandor, rebullía. De repente, su cabeza suavement e
resplandeciente se separó del suelo. Con un aire de realeza qu e
hasta un ángel p odía envidiar, el hombre se levantó y se e nderezó
completamente hasta alcanzar su plena estatura; pestañeó, y
abriendo sus briosos ojos negros, recorrió lentamente con la vista
la escena que tenía delante.
La hermosa criatura de arcilla roja y purísima luz se encaminó
hacia los ángeles con u na dignidad no diferente de la de s u
Creador, y extendió las manos como saludando a viejos amigos.
En ese momento, nadie en la tier ra ni en el cielo ponía en
duda que Tierra Roja era lo más hermoso de toda la creación.
—Más glorioso que yo —observó el ángel de luz.
Ahora tampoco había duda a lguna acerca de q uién habitaría en
el huerto. Lo mejor y más elevado de la g loria de dos ámbitos se
unían ahora... en un huerto... y en uno llamado hombre.
—Nos puede ver —dijo Exalta con voz ahogada.
—¡Ve lo invisible! —balbuceó Gloir.
—Es glorioso más allá de todo lo imaginable.
—¡Lo que nos espera cuando él se vuelva y los dos seres má s
gloriosos de todos se encuentren cara a cara!









29

30

CAPITULO
Doce




La hueste angélica se elevó de la tierra y lenta, cas i
reverentemente rodeó a Tierra Roja. La luz del hombre qued ó
eclipsada en la luz de incontables millones de ángeles
brillantemente refulgentes. Los ojos de la viviente e iluminad a
figura de arcilla se inun daron con la belleza de la gran multitu d
que la rodeaba. Ellos, a su vez, se maravillaban de que semejante
grandeza y majestuosidad pudieran ser hechos visibles.
El Señor, que seguía observando desde cierta distancia, daba
testimonio de la magnitud de ese momento tan sólo con la llama d e
fuego de sus ojos.
Los ángeles ensancharon su círculo de luz desbordante, hasta
que el mismo llegó a rodear tanto a Adán como a su Señor.
En ese momento de esplendente gloria y de luz deslumbrante, el
hombre se volvió por pri mera vez, viniendo a que dar frente a su
Señor. Entonces los ojos de ambos, resplandecientes como diez mil
fuegos, se encontraron.
Tan sólo el hombre y Dios comprendieron la profundidad de l
significado de ese momento.
Es muy propio de la naturaleza de las criaturas medir a otros
comparándolos consigo mismas; por es o, los ángeles esperaban que e l
hombre, así como hacen los ángeles, prorrumpiera en alabanza en es e
momento de gloria sin par alelo. ¡Pero él n o hizo nada de eso! En
cambio, la gloria de la luz que había en el hombre estalló e n
torrentes de luz deslumbrante, sobrepasada tan sólo por la luz de
la gloria de Dios, alcanzando ambas una intensidad de brillantez
sin paralelo.
Los ángeles se cubrieron los ojos en presencia de esa
manifestación sin precedentes de la gloria de Dios y del e splendor
del hombre, temiendo quedar cegados si no lo hacían. Per o
reconsiderándolo, todos prefirieron arriesgarse a quedarse ciegos,
antes que perderse ese momento de todos los momentos.
—Seguramente —susurró Miguel aterrado—, ahora el hombre caerá
postrado a los pies de su Creador.
Sin embargo, ni Dios ni el hombre se movieron. Parecían esta r
compartiendo ese momento en un plano que estaba fuera del alcanc e
de los ángeles.
—Se comprenden uno al otro —musitó Gabriel.
31

—¿Qué es eso que veo en el rostro de Dios? —exclamó Gloir—. Es
rutilante, y sin embargo, corre como un río.
—Como un diamante viviente que se derrite —respondió Exalt a
con tranquila admiración.
—Mira —observó Gloir—. Ocurre lo mismo en el rostro del
hombre. Cualquiera cosa que sea, fluye hacia abajo en el rostro del
Creador y en el de la criatura como corrientes de fuego.
En ese instante de sublime gloria, fue el hombre, apena s
visible por la lu z que lo revestía, quien de repente extendió los
brazos y corrió hacia su Dios. ¡ En ese mismo momento el S eñor de
toda la creación avanzó hacia el hombre con igual naturalidad!
Los dos se unieron en estallidos de gloria y torbellinos d e
luz, abrazándose entre sollozos de gozo.
Fue Registrador quien puso palabras, por pobres que puedan ser
las palabras, a la escena final de ese día inolvidable.
Más tarde, al final del día sexto, se añadieron nuevas palabras al léxico de la
creación. Fueron palabras formadas en esa hora, para recordarnos lo que hemos
visto pero que no comprendemos. En este día, nosotros los ángeles hemos
presenciado lágrimas. Lágrimas de gozo. Y algo más. Algo que ninguno de
nosotros conocía. ¡El amor de Dios!




























32

CAPITULO
Trece




Al terminar el día, igual que un padre haría con su hijo, el Señor
de todo paseaba con Tierra Roja al aire fresco de la tarde.
En forma casual, los dos fueron caminando hacia la entrada de l
huerto. Al ir andando, el Señor compartió con Adán muc has cosas que
deseaba tanto decir y que el hombre deseaba tanto oír.
Sobre este globo azul brillante
Tú sólo has de señorear.
Todo lo que se resista,
Lo has de sojuzgar.
Recuerda mis palabras;
Recuérdalas bien.
El huerto es tuyo para siempre:
Guárdalo bien.
Sobre tu rostro sólo
Están esbozados,
Y no de ninguna otra criatura,
Mi carácter y mis rasgos.
Recorre este planeta,
Recórrelo libremente.
Que todas las cosas vean
Qué sería Dios si fuera visible.
Mira la hierba; mira la fruta
Que cae a tus pies, espontánea.
Esto será tu alimento,
Y todo esto, tu comida.
Por tanto, disfrútalas.
Las hierbas y plantas todas,
Excepto solamente una,
Son tuyas para comer, todas.
Este, y tan sólo éste,
Te hará plenamente completo:
El Arbol de la Vida,
Para que de él comas su fruto.
Y, finalmente, sé fructífero.
33

Multiplícate gozosamente,
Y gobierna con sabiduría
Este globo azul brillante.
Una vez más los ángeles rodearon a Dios y al hombre como e n
enjambres de luz.
Con ello, el día sexto llegó a su fin. Y el día séptimo, el
Señor reposó de su obra de creación.








































34

CAPITULO
Catorce




En el día octavo, Adán pe rcibió en lo ínti mo de su espíritu cuál
había de ser su primera tarea como señor del planeta favorecido.
Entonces, alzando su poderosa voz, gritó una orden que retumbó
desde el Eufrates hasta el mar del medio. Al escuchar el llamado d e
su señor, los ani males de la tier ra corrieron, todos a una, hacia
el señor de la tierra.
Al ir pasando cada pareja d e animales delante de él, A dán les
ponía nombre, al macho y a la hembra, dándoles los nombres que
habrían de llevar mientras el planeta favorecido existiese.
Estando Adán en esa tarea, el Se ñor del señor de la tier ra
vino a él y le preguntó:
—¿Es buena mi creación? ¿Es bueno todo lo que he hecho ?
—Sí, mi Señor —contestó Adán—. Todo lo que hiciste es bueno.
Pero, con todo, hay algo que no es bueno.
—¿Y, qué podría ser eso? —preguntó el Señor con evident e
complacencia por el rápido discernimiento que Adán había demostrad o
tener.
—Mi Dios, mi Señor, mi Creador. Tú lo sabes.
—Sí, es verdad —se apresuró a decir el Señor—. Falta una cosa:
no es bueno que el hombre esté solo.
Y así, en comunión recíproca los dos convinieron en que Adán ,
igual que los animales, debía tener una pareja.
Entonces Dios hizo caer un profundo sueño sobre Adán, abrió su
costado y por esa herida abierta le sacó un hueso qu e resplandecía
suavemente.
—Este ya no es e l día sexto —reflexionó Registrador en voz
alta al anotar aquel extraño acontecimiento—. ¿ Creará Dios una
pareja para Tierra Roja?
Pero al congregarse los ángeles alrededor del Señor del cielo
y del señor de la tierra, observaron que la pareja para Adán no
estaba siendo creada, sino hecha de la propia substancia de Adán .
La pareja del hombre estaba siendo producida de su p ropia
estructura molecular.
Y cuando el resp landeciente hueso tomado del costado de Ad án
quedó completamente formado y vino a ser la pareja del señor de la
tierra, se le puso por nombre Eva.
Considerando con mente aguda ese acontecimiento único en s u
género, Registrador concl uyó el registro del advenimiento de Eva
35

haciendo una anotación por su propia cuenta e n el margen del Libro
de Registros.
Eva es tan sólo una extensión de Adán. Ella, no creada, es hueso del hombre y
carne del hombre. Esta mujer, esta parte del hombre... este otro yo del hombre,
estaba escondida en Adán. Nadie se daba cuenta de que una mujer, la propia
desposada del hombre, estaba dentro del hombre. ¿Nos ha mostrado algo nuestro
Señor que nosotros dejamos de ver? Adán es la imagen de Dios. ¿Hay un misterio
aquí? Tal vez el Misterio. ¿Es posible que haya una desposada escondida dentro
de Dios? ¿Habrá de ser... el costado de Dios, que yo —y tan sólo yo— he visto
traspasado... su costado... habrá de ser un día abierto... en algún lugar por
ahí, en algún lejano momento en el espacio y el tiempo? ¿Será entonces revelado
que, así como Eva estaba escondida en Adán, asimismo hay un otro yo para
nuestro Señor escondido en lo más recóndito de su ser? ¿Una pareja, para Dios?
¿Una pareja tomada y formada de su vida increada? Esta Eva es hueso de los
huesos del hombre y carne de su carne. Nuestro Dios es espíritu. ¿Habrá de
salir alguien de dentro de El que sea espíritu de su espíritu? ¿Será éste el
Misterio que ahora está oculto en nuestro Señor?
Entonces Adán despertó de su profundo sueño y le fue
presentada esa criatura, más hermosa que el a nimal más magnífico de
toda la tierra o el ángel más glorioso del cielo. Igual que Adán ,
esa encantadora criatura estaba vestida de una suave luz.
En presencia de semejante belleza, Adán (igual que han hecho y
hacen todos los hombres después de él) s e esforzó para p oner en
palabras los sentimientos de su alma:
Tú eres la primera hija del Edén.
Todo lo que es belleza,
Todo lo que es gloria,
Todo eso junto eres tú. Amén.
Tu cabello trenzado
Salpicado de luz estelar,
Tu cuerpo, hecho por manos divinas,
De marfil viviente labrado.
Tus ojos de esmeralda, los veo,
Destellan fuego de esmeralda.
Ellos cautivan mi corazón,
Y despiertan mi deseo.
En ti la gracia perfecta
Y el perfecto encanto
Hacen perfecta combinación.
Tu rostro al de Dios imita.
Tú eres aquel espacio
donde se atenúa la línea
Que hay entre lo terreno
Y todo lo que es divino.
36

Ni la tierra ni el cielo han contemplado jamás ninguna visió n
más extática que e se momento de supr ema inocencia y éx tasis en que
el hombre y la mujer se abrazaron, amaron y vinieron a ser uno.
Unicamente el s iempre austero pero siempre penetrante
Registrador pudo preguntarse cosas, que ninguna otra m ente ni
espíritu podía preguntarse:
—¿Cómo es que el hombre, hecho a imagen de Dios, pudo llegar a
ser uno con su otro yo? ¿Estará oculto aquí el p ropósito de el
Propósito?








































37

CAPITULO
Quince




—Ven, Eva, exploremos nuestro hogar.
Por un momento Eva miró hacia arriba para observar el rostr o
de su Señor y ver si las palabras de su pareja tenían la aprobación
de El. Pero con la misma rapidez descubrió que su espíritu, igual
que el de su compañero, conocía la voluntad de Dios.
—Vayan —dijo el Señor—. Me uni ré a ustedes cuando haya n
llegado al centro del huerto... y de la tierra... y...
El Señor hizo una pausa, y enseguida añadió:
—¡Y de todas las cosas!
Entonces la primera pareja de la tierra pasó reverentement e
por la entrada del huerto.
El resplandeciente sol se hallaba realizando su majestuoso
recorrido a través de un cielo intensamente azul, haciendo penetra r
sus rayos de luz por entre la espesa palizada de los bos ques y
grabando con fu ego centelleante las ri elantes aguas de algún
distante río. Como una inmensa araña de luz colgada desde un a
infinita bóveda, derramaba su luz por entre ramas y hojas, creand o
decenas de miles de rutilantes lucecitas en la alfombra de hierb a
salpicada de rocío que se extendía delante de ellos.
Conforme la pareja se alejaba deslizándose en aquel ámbito
encantado, las brisas del cielo y de la t ierra fueron combinando
sus aromáticas delicias para embriagar el aire con los perfumes d e
dos ámbitos. El sol abrió de par en par su dorada puerta par a
alumbrar a los ciudadanos de ese reino floral, revelando así su
exquisita vestidura luminosa, enjoyada ahora con los rayos del sol
y ataviada con ornamentos de resplandeciente plata.
El señor y la se ñora de la tierra se enco ntraron sumidos en
una escena de interminables luces, colores y fo rmas, todo
contrapuesto la i nmensa bóveda azul suspendida en lo alto. Sus
sentidos se anegaron de una belleza tan excesiva, que llegaba má s
allá de la medida de su ser.
—¡Qué tesoros imponderables! —susurró Adán—. ¡Y qué arte tan
perfecta!
—¡Qué vistas de he rmosura nos ha pro porcionado nuestro Señor!
—respondió Eva con una voz llena de temor reverente.
—Entren aún más lejos —gritó una voz desde algún lugar lejano ,
allá delante de ellos. ¿O fue un llamado que venía desde dentro de
su espíritu?
38

Adán irguió la cabeza, miró alrededor y vente ó el aire como lo
haría un ciervo.
—¿Lo oyes? —preguntó.
—Sí —respondió Eva.
—Un río. Un río que corre y burbujea. Siento cómo vibra .
Percibo su esplendor.
—¡Pronto! —replicó Eva.
Tomándose de las manos, empezaron a correr hacia el sonido de
aquellas lejanas aguas que parecían estar llamándolos. Apenas
habían avanzado en su carrera, cuando apareció una inmensa raíz qu e
corría a flor de tierra y que obviamente pertenecía a algún árbol
extraordinariamente enorme. Esa gi gantesca raíz de scansaba en la
tierra como lo hiciera una elevada montaña.
“¿Qué clase de árbol pudiera presagiar esta raíz?” se preguntó
Eva con interés.
Adán apretó la mano contra la enorme raíz.
—¡Esta raíz vibra! Late en perfecta armonía con mi espíritu.
Y... con la música del cielo.
Yo también lo siento. Es como si algo que está dentro de ell a
concertara con lo que está dentro de mí.
—Estoy seguro de que cu ando lleguemos al árbol al cua l
pertenece esta raíz, habremos hallado la más elevada maravilla de
este huerto —declaró Adán.
—Este árbol... tú sabes... —observó Eva— no es originario de
nuestro planeta.
—Es el más elevado contenido del cielo, —convino Adán.
—¡Mira! —gritó Eva—. ¡Allá lejos! ¡Ramas! ¡Y hojas!
—El sonido se hace más fuerte —observó Adán—. Por allí , en esa
dirección... ¡un río!
Como el viento, la joven pareja recorrió la distancia que
había entre ellos y el misterioso río. Las ra íces y extensiones de
ese árbol formaban grandes arcadas entre sí, a través de las cuales
ellos corrían.
—Las ramas. Las hojas. Hasta ellas laten con gran energía. Y
desde dentro de ellas resplandecen brillantes colores y...
—¡El río! ¡Veo el río! —gritó Eva.
—El río sigue las extensiones del árbol.
—¿O las extensiones siguen al río?
—¿O es que ambos corren juntos?
Al ir entretejiendo su camino a través de las grandes hojas ,
ramas y extensiones del árbol que aún no se veía, de repente el río
apareció a la vista.
La pareja hizo un alto en la ribera del río, arrobada por lo
que veían sus ojos.
—Está lleno de vida —susurró Adán al arrodillarse junto a l a
orilla del río.
—Lleno de vida. ¡U na agua que está viva! ¡Que es viva! Clara.
Cristalina y perfecta. Mucho más profunda... mucho... mucho má s
ancha que lo que yo pudiese haber soñado jamás.
39

—¡Adán... mira... en el agua... hay oro!
Adán metió la man o en las burbujeantes y m urmuradoras aguas.
Volviendo el rostro hacia Eva, le dijo:
—Lo tengo. En la mano.
Al decir esto, sacó un pedazo del resplandeciente metal q ue
había estado encajado en el borde del río.
—¡Pero, esto también está lleno de vida! ¡Oro lleno de vida !
¡Y allí! ¡Mira! ¡Piedras preciosas! Toda c lase de hermosas piedras
preciosas. Y perlas. Todas en el río. ¡Y todas... llenas de vida!
—Adán se irguió y una vez más venteó el medio ambiente. Su
espíritu se esforzaba por hallar la respuesta.






































40

CAPITULO
Dieciséis




—El río tiene un nombre. Se llama el Río de la Vida, —declaró Adán
mediante una percepción que le vino desde esa parte de sí mismo que
pertenecía al otro ámbito.
—Pero ¿de dónde fluye? —inquirió Eva.
—Los lugares celestiales eran antes su hoga r. Creo que ahora
aun fluye saliendo de los c ielos. El cielo y la tierra están unidos
por este río. Y por un árbol. ¡Sí, por un árbol! Un árbol que aú n
hemos de ver. El Río de la Vida. Y el Arbol de la Vida. Son la
comida y la bebida del ciel o. Pero están aquí para nosotros. Hemos
de participar de ellos como nuestro alimento.
De pronto Adán di o media vuelta y levantó la mano . Eva sabía
exactamente lo que estaba ocurriendo. Su Dios le estaba hablando a l
señor de la tierra desde dentro del espíritu de él:
—¿Qué más, Adán? —vino la v oz del Señor, tronando
silenciosamente dentro del espíritu del h ombre—. ¿Qué es lo que
sabes, porque Yo te formé de la a rcilla de la tierra y del soplo
del cielo?
—En este huerto hay un río. Un árbol. Oro. Perlas. ¡Piedra s
preciosas! ¡Y yo! ¡Un hombre!
—Y algo más —respondió una voz dentro del ser de Adán.
—El trono —susurró Adán—. Señor, tu trono está aquí.
—¿Y...?
—¡Y la desposada del hombre! —gritó Adán, encantado.
—¿Y...?
—No sé qué es, pero veo... ¿una ciudad? No puedo distinguirl o
perfectamente. Pero lo sabré, Señor. ¡Lo sabré!
—Un elemento mas, Adán.
Esta vez Adán giró dando una vuelta completa, como buscando a
alguien.
—¡Eres Tú, mi Señor! Tú también estás en el huerto.
Dentro de este huerto, mi espíritu ve
Un río
Un árbol
Oro
Perlas
Piedras preciosas
Al hombre
41

A la desposada
El trono
Y
¡A Dios!
¡Eva! ¡Todo esto es nuestro hogar! —gritó Adán alborozado.











































42

CAPITULO
Diecisiete




La joven pareja continuó ascendiendo más y más, siguiendo siempre
al río que corría en med io de las gloriosas extensiones de un
maravilloso árbol. Y en lontananza, como llamándolos, se escuchaba
el estruendo de lo que sólo podía ser la caí da de agua más
grandiosa de la creación.
El sol, que irradiaba sus rayos por todo el huerto, desató sus
dorados rizos y los esparció sobre la rociadura del exótico río. Un
serafín alado pasó por el cielo como un bril lante lucero del a lba,
anunciando el advenimiento del hombre a ese su legítimo hogar.
—Estamos llegando a una maj estuosa pradera —dijo Adán—. Puedo
percibirlo claramente. Nos encontramos cerca del centro de l a
tierra y de toda la creación.
Ahora todos los encantos y tesoros del huerto envolvían a l a
joven pareja y la introducían a un claro. Los placenteros aroma s
del aire ascendían deliciosamente, en tanto que magníficos árboles
y maravillas florales prodigaban su hermosura sobre la alfombr a
viviente de verde esmeralda. Ahora todo eso se combinaba con
serafines, ángeles y arcángeles que circundaban y saludaban a la
pareja, dándoles la bienvenida a su hogar paradisíaco.
El hombre y la mujer ocuparon su puesto entre sus visitantes,
mientras todas las miradas se sumergían en el embeleso de ese
huerto de Dios, ese campo de recreo de los ángeles, y eterna morad a
del hombre.
Allí, delante de todos ellos, se encontraba el Arbol de l a
Vida. Fascinados, Adán y Eva permanecieron parados delante del
árbol, como pudieran estar unas hormigas delante de las montañas
más altas de la tierra.
Hasta donde sus ojos podían ver, hacia e l este y el oeste,
torrentes de agua fluían brotando del árbol y forma ndo incontables
millares de cascadas que caían juntas, combinándose en una vasta
catarata que fluía pasando a ser el Río de la Vida, que avanzaba
borbotando, sigui endo su curso para regar el huerto entero. El
árbol se elevaba altísimo sobre el huerto, estando la part e
superior de su c orona oculta a l a vista en las remotas regiones
celestes.
Al pie del árbol las aguas vivas se juntaban con la s
extensiones y rama s del árbol. Y sobre sus ramas crecía toda cl ase
de frutas exóticas. Agua, extensiones, ramas y fruta s se esparcían
43

hacia todas partes en perfecta unión, inundando de belleza y d e
vida al huerto, proporcionándole su alimento y su bebida.
—Eva, —susurró Adán.
—¡Allá arriba! Arriba... donde nuestros ojos no pueden ver ,
allí, en algún l ugar encima de n osotros, encima del río y encima
del árbol, estoy seguro... ¡está el trono de Dios! ¡Todo lo que
vemos aquí fluye del trono de Dios!
Ahora el espíritu de Adán e mpezó a resplandecer intensamente.
El hombre y la mujer levantaron los brazos en una alabanz a
complacida y gozosa. En una forma espontánea, los ángeles se
aglomeraron alrededor de ellos, añadiendo los cristalinos
torbellinos de su calidoscópica luz a ese momento de sublime
arrobamiento. Todo lo creado tuvo la sensación de que con tod a
seguridad todos quedarían anegados en gloria cuando el hombre, la
mujer y los ángeles alzaron su voz en una extasiada alabanza.
En medio del sublime éxtasis de ese diluvio de gloria el Señor
apareció y se situó entre Adán y Eva.
—Igual que ustedes —dijo—, este huerto está constituido po r
dos ámbitos unidos. De los árboles, plantas y hierbas, participen
ustedes para alimentar su cuerpo. Del río y del árbol, participe n
para alimentar su espíritu. Y habiten aquí conmigo, eternamente.




























44

Parte

III


























45

CAPITULO
Dieciocho




Gabriel cruzó la Frontera con pasos inseguros de regreso al cielo ,
en tanto que la mayor parte de sus compañeros que venía n
siguiéndolo, cayeron postrados en e l piso de zafiro. Otros dejaron
caer su espada y escondieron su rostro en sus temblorosas manos .
Otros más se qu edaron parados, sin pestañear, con los ojos
vidriosos mirando confusamente al espacio.
—¡El trono! ¡El Hijo de la Mañana trató de tomar el trono de
Dios! —murmuró Gloir.
—¡Inconcebible! —gimió Exalta, que en es e momento estab a
encorvado de dolo r. Su poderosa mano todavía agarraba fuertemente
la empuñadura de su espada.
—De no haber sido por Miguel, seguramente habríamos perdido la
batalla. La fuerza estaba de parte del Hijo de la Mañana y de su
tercio de ángeles.
—Pero la autoridad estaba de parte de Miguel, —contestó en u n
susurro Gabriel.
Gloir levantó la cabeza y miró alrededor. Se le a cababa de
ocurrir un pensamiento de lo más espantoso.
—¿Regresará él... quiero decir... le es permitido?
Miguel vino con pasos vacilantes al lado de Gloir. Su rostr o
todavía reflejaba la agonía de la b atalla. Poniendo una mano sobre
el hombro de Gloir, Miguel hizo algo que nadie le había visto hace r
nunca antes, ni nadie le volverá a ver j amás. ¡Miguel hincó una
rodilla!
—Si lo que preguntas es si Satanás tendrá todavía acceso a l
trono: sí, lo tendrá. Pero ¿volverá él alguna vez a ha bitar en este
ámbito? ¡No! Nunca más.
—Entonces, ¿dónde? —preguntó Exalta con ansiedad.
Fue Gabriel quien contestó:
—Estoy seguro de saberlo.
Por un instante Exalta pensó que Gabriel no diría nada más ,
como a menudo solía hacer. Pero esta vez prosiguió:
—Una tercera parte del ámbito visible quedó puesto bajo e l
dominio del que antes fuera el ángel hermoso. Es allí donde él hará
su morada.
—Pero el planeta favorecido se encuentra dentro de ese
espacio, —gritó Exalta.
—¡El resplandeciente globo azul! —gimió Gloir—. ¿Se atreverá
él a vivir allí?
46

—No en el planeta. Al menos no ahora. El propio planet a
favorecido está ba jo el señorío de Adán. Pero los ciel os de encima
de la tierra... ¡el primer cielo! Es allí... sí, es allí donde el
Hijo de la mañana deberá vivir. Satanás es un espíritu invisible .
El no es de arcilla, de modo que el cielo de encima de la tierra e s
lo más aproximado a una morada espiritual que él hallará en el
ámbito material.
Gabriel hizo una pausa. Luego, midiendo sus palabras, continuó
hablando:
—Yo conozco a ese arcángel. Lo conozco muy bien. El no estará
contento con quedarse confinado a los cielos que rodean la tierra .
No por mucho tiempo.
No llegando a comprender del todo la enormidad de las palabras
de Gabriel, Exalta no pudo menos de preguntar:
—Si ellos se enfrentaran uno al otro en combate, ¿cómo le iría
al hombre frente a... al... condenado?
Exalta titubeó al pronunciar estas sus últimas palabras, e n
vista de que nun ca antes se habí a referido al arcángel caído como
el condenado.
—Ciertamente al hombre no le iría bien, de eso estoy seguro .
Es sumamente improbable una batalla imparcial. Esa no sería la
manera del ángel de luz. Y, caso que surgiera una contiend a
semejante, debes recordar que el hombre fue creado un poco menor
que los ángeles.
Gabriel hizo otra pausa. Sus siguientes palabras fueron apenas
audibles:
—Esa difícilmente sería una contienda.
—Pero el condenado... —Gloir se estremeció. También a él le
parecía casi imposible llamar a uno de sus compañeros con semejante
nombre—. El condenado... él es répr obo, ¿no es verdad? ¿Y Adán e s
perfecto?
Gabriel tomó un profundo respiro, no muy seguro de que osarí a
compartir lo que ardía dentro de su espíritu.
—Yo hablaré por ti, Gabriel —se escuchó la solemne voz d e
Registrador.
Gloir levantó la v ista sorprendido. En general Registrador no
hablaba y nunca se lo había conocido como que él hablase por otro.
—¿Perfecto, Gloir? —continuó Registrador—. Tal vez puedas
llamar perfecto a Adán. Tan perfecto como el Señor puede hace r
cualquier cosa... esto es, tan perfecto como algo creado pueda
serlo. Con todo, por inmaculado que el hombre sea, todavía le falta
algo... algo de la mayor importancia.
Registrador hizo una pausa, casi i nseguro de si deb ía hablar
de tales cosas. Luego, con la mayor deliberación, añadió:
—Adán... no... está... completo. Aún no.
Exalta no tenía muchos deseos de continuar esa conversación,
pero casi sin querer dijo:
47

—¡Eso es imposible! El Señor mismo dijo que la creación habí a
terminado. Si la creación está terminada, no se le puede añadir
nada. Si Dios no terminó a Adán, ahora no lo puede completar.
—Adán es tan per fecto como algo creado puede serlo, —repitió
Registrador pacientemente—. Pero con respecto a Adán, se le puede
añadir algo.
—¿Y qué es? —preguntó Gloir alarmado.
—A Adán se le puede añadir algo que no es creado.
—¿Increado? —excl amó Exalta—. Pero existe uno solo en el
tiempo o en la eternidad que es increado.
Ni Gloir ni Exalta se atrevieron a pronunciar ninguna otr a
palabra. ¡Su espíritu había llegado más allá de lo imponderable!
Fue Miguel quien habló a continuación, pronunciando cad a
palabra en forma tan grave como nunca se lo había oído hablar.
—Dentro de Adán soplan las brisas de los cielos. Allí, dentr o
de ese espacio formado por el al iento de Dios, es posible... ¡es
posible que la vida misma de Dios sea implantada en el hombre! D e
ningún otro ser creado puede decirse esto, pero de Adán sí pued e
decirse. Aquel que es increado puede habitar en Adán.
—¿Lo sabe Adán? —gritó Exalta poniéndose en pie.
Un instante después, todos los ángeles que estaban bajo las
órdenes de Miguel estaban de pie. De repente todos comprendieron
que otro drama, tan importante como la batalla por el trono, estaba
a punto de tener lugar dentro del huerto.
En forma espontánea, la entera hueste de ángeles escogidos se
precipitó hacia la Frontera.
La batalla por los cielos terminó.
En este día los ángeles escogidos ganaron.
Pero la batalla por el resplandeciente globo azul,
Por el hombre, por su planeta, por su todo,
Apenas ha comenzado.
¿Habrá de ser el ángel
Más brillante que el sol,
O el hombre,
Inocente, pero incompleto,
El que regirá el planeta favorecido?
Antes que este día termine,
¡Ciertamente uno de ellos habrá de llorar!










48

CAPITULO
Diecinueve




Un destello de luz azul hendió los aires al descender a través d e
la baja atmósfera de los cielos, haciéndose visible tan sólo a l
llegar abajo y tocar la superficie de la tierra. Fuera lo que f uese
ese oscuro resplandor, el mismo tomó forma tornándose en un árbol.
¿El lugar de su contacto con la tierra? ¡La morada del hombre!
¡El huerto!
La tierra acababa de recibir un visitante forastero — n o
invitado, indeseable — que e ntró clandestinamente hasta la
superficie de la tierra, viniendo a este planeta desde otr o
ámbito... un ámbito del cual acababa de ser exiliado.
La raíz del árbol extraño se introdujo profundamente en l a
tierra. El suelo que recibió esa raíz, chisporroteó expidiendo un
humo amarillo negruzco. Al plantarse aquel árbol en el seno de l a
tierra, que no lo recibía con agrado, se prod ujo un horrible hedor.
Ráfagas de un viento helado soplaron desde ese árbol, haciendo qu e
los árboles próximos al mismo se estremecieran.
El árbol era al mismo tiempo tanto oscuro y ominoso, com o
hipnóticamente hermoso.
Sin duda alguna, era el segundo árbol más hermoso de todo el
huerto. Irradiaba un atractivo hechicero que no conocía paralelo.
Ahora en el planeta del hombre había dos árboles que había n
venido del ámbito invisible.
E igual que en el Arbol de la Vida, en el Arbol Oscuro también
había una forma de vida pulsante. Corriendo por sus ra íces, por su
tronco, sus ramas, sus hojas y sus frutos, había una fata l
enfermedad, una enfermedad semejante a la brillante insania de l
arcángel caído.
El detestable veneno de esa exótica planta contenía el
atormentador atractivo de toda la hermosura, espectro e inmundicia
de la negación de la creación. Más espantoso aún, la delicios a
pulpa de la fruta de ese atractivo árbol contenía la simiente de l a
poción más oscura de la creación:
¡EL CONOCIMIENTO
Absorbente
Ascendente
Exaltante
Magnetizante
49

Deslumbrante
Embriagante
Enviciante
Alucinante
Reprobante!
Un conocimiento, contenido en el fruto de ese árbol, que s e
introducía hondamente en el ser de cualquiera que participase del
mismo. Un conocimiento que hacía q ue ese pobre miserable procurara
eternamente ser bueno, pero sin lo grarlo nunca. Un conocimiento de
insania que encubre la v erdad de que su víctima no necesita ser
bueno, ¡sino tener Vida!
Otro destino, igualmente detestable, que esperaba a cualquier
alma que participase del atractivo fruto, era la experiencia d e
conocer la rebelión.
Pero más allá de todos los embriagantes goces de la ca rne, más
allá del conocimiento religioso y de la inexorable búsqueda de l o
bueno, y más allá de la rebelión, en el fruto de ese árbol había u n
destino peor que el pecado. Esperando por la víctima del fruto d e
ese monstruoso y magnetizante árbol, estaba la maldición de todas
las maldiciones. Todo aquel que comi ese del fruto de ese árbol, un
día tendría que encontrarse con Hazazel, el Angel de la Muerte.
Ese era el árbol que asechaba al señor de la tierra.


























50

CAPITULO
Veinte




—Vengan —dijo el Señor—, tenemos mucho de que hablar, como tambié n
otras partes del huerto que explorar.
La joven pareja se despidió del centro del huerto y de su
gloria suprema, para reanudar su odi sea por el paraíso, esta vez en
compañía de su Señor.
En un momento dado de su tránsito por el huerto, el Señor se
detuvo delante del más e xtraño de los ár boles, que era c asi tan
bello como el Arbol de la Vida.
El Creador habló con una sencillez que igu alaba la inocencia
de los oídos que escuchaban sus palabras.
—Este es el Arbol del Conocimiento del Bien y del Mal. De este
árbol, sólo de este árbol, ustedes no han de comer. La razón es muy
simple. El día que coman de él, ciertamente morirán.
—Ahora, sigamos andando.
Continuaron la exploración del huerto. Finalmente, llegó e l
momento en que t anto Dios como a dán supieron que el hombre había
captado la magnitud y be lleza del huerto, y que su señorío había
empezado.
—Ahora es preciso que Yo me vaya, —dijo el Señor—. Mientra s
hemos estado andando juntos, en el cielo ha habido asuntos qu e
Miguel ha atendido. Pero es necesario que ahora Yo regrese a l
ámbito de lo esp iritual y de la morada de los ángeles escogidos.
Este es ahora el hogar de ustedes. Vivan aquí y hagan lo que le s
plazca.
—Debido a que ustedes son mi imagen, ustedes me expresarán e n
esta tierra dondequiera que vayan. Una sola cosa les vuelvo a
decir: Tengan cuidado con lo que comen. Y guarden el huerto.
—Regresaré para visitarlos más tarde durante el día.
Diciendo esto, el Señor partió hacia la Frontera, y más all á
de ella.
Con la agudeza de su espíritu en plena función, Adán percibi ó
que se encontraba exactamente a me dio camino entre el Arbol de la
Vida y el Arbol del Conocimiento del Bien y del Mal.
Enseguida y sin va cilar, Adán se dir igió hacia el Arbo l de la
Vida. Sabía, por los misteriosos recursos de su espíritu, que él
habría de cumplir el Propósito de la creación cuando regresara a l
centro del huerto.
51

Pero, caminando, Adán no se dio cuenta de que Ev a se había
rezagado y apartado.
52

CAPITULO
Veintiuno




—¡Registrador!
Al escuchar la voz del Señor, el ángel encargado de lo s
registros soltó l a pluma. Inmediatamente se detuvieron todas las
cosas en el tiem po y en la eternidad. Los lugares celestiales, la
tierra, las estrellas y las galaxias cesaron su movimiento ,
quedándose inmóviles. No volverían a moverse hasta que Registrador
tomase una vez más su dorada pluma.
—La página que tienes delante está en blanco —le dijo e l
Señor—. ¡Escribe lo que voy a decir!
Registro de la Elección
Ahora mismo, el hombre está entre dos grandes árboles. En el huerto tiene
lugar la toma de decisión más trascendental de todo el universo.
Adán tiene la esencia misma de mi ser en sus manos. Si él come del Arbol de
la Vida, recibirá en su ser mi propio ser: la vida divina. Vendrá a ser un
verdadero hijo del Dios viviente — espíritu de mi Espíritu, vida de mi Vida.
Una nueva especie comenzará a vivir en este día. ¡Un ser creado que tiene vida
increada dentro de sí! ¡Hijos! ¡Hijas! Yo seré su vida. Yo seré su comida.
Serán mi familia.
El Señor se levantó del trono. Registrador, junto con El, s e
volvió hacia la Frontera, teniendo ambos los ojos fijos en Adán. Lo
que contemplaban era el hombre que, en ese preciso instante,
acababa de arrancar un fruto del Arbol de la Vida y lo tenía en la
mano delante de sí.
Registrador agarró su pluma, no tanto para registrar, sino
para suplicar.
¡Come, Adán! Toma la Vida del Arbol de la Vida. Cumple tu destino. Tú, un ser
material, asumirás lo espiritual.
¡Come, Adán! Tus ojos flamearán como un horno encendido. Tus cabellos serán
como blanca lana. Tus pies refulgirán como bronce bruñido.
¡Come, Adán! Transitarás por ese espacio que está entre el mundo visible y
el invisible, desposando la tierra y el cielo, el tiempo y la eternidad,
haciendo que sean uno. La vida más elevada que existe en cada uno de esos dos
ámbitos, vendrán a ser desposadas dentro de tu ser.

53

Mientras Registrador procuraba, con su p luma, que Adán s e
decidiera a comer del fruto del Arbol de la Vida, el Señor mirab a
sin revelar nada de la emoción de ese momento cataclísmico.
Entonces Registrador gritó en voz alta:
—¡Adán, oh Adán, come del fruto del Arbol de la V ida! Cumple
el propósito de la creación. En el nombre de lo que es santo...
¡Come!
Aterrado ante la perspectiva de que Adán pudiera no escoger su
propia plenitud, Registrador dio una me dia vuelta muy rápida,
mostrando algo así como pánico.
—Señor, si él no ... si Adán no participa de la v ida, si el
enemigo... si el condenado lo engaña... ¿habrás creado en vano?
La respuesta del Señor tomó a Registrador completamente de
sorpresa:
—Dale vuelta a la página, Registrador.
De inmediato Registrador volvió la página a la siguiente, en
la que aún no se había escrito nada.
—Escribe estas palabras, y solamente éstas:
Ya sea que Adán participe de mi vida, o escoja otro camino, mi
Propósito se cumplirá. Nunca habrá de ocurrir ninguna eventualidad
que pueda impedir el Propósito por el cual Yo he formado los
mundos.
—Ahora, Registrador, sella esta página. Al ha cerlo, olvida lo
que has escrito. Esta pá gina permanecerá sellada y olvid ada aun
para ti... hasta ese día de días... en que todas las cosas hayan de
ser reveladas.
Registrador obedeció, pero también hizo algo que nunca antes
había hecho: salpicó con l ágrimas angélicas las palabras que había
escrito.



















54

Parte

IV

























55

CAPITULO
Veintidós




Adán contempló la belleza de la luz que irra diaba desde dentro del
fruto del Arbol de la Vida. El tenue resplandor de aquella fruta s e
confundía con el suave fulgor que cubría al hombre. Entonces Adán
apretó firmemente esa fruta contra sus labios. Ahora podía oler e l
exótico aroma de la misma. Al abrir la boca, todo su ser percibi ó
que vendría a ser uno con ella. Casi en un éxtasis, comenzó a
clavar los dientes en la fruta. Pudo sentir cómo se rasg aba su
fibra. En un momen to, el fruto de vida mismo estaría corriendo por
su ser.
Y en ese mismísimo instante Adán oyó una voz que gritaba para
captar su atención:
—¡Tierra Roja!
Adán se volvió para ver quién lo había llamado.
—¡Tierra Roja, ven para que veas lo que he aprendido!
Sin comerla, Adán puso a un lado la fruta y se encaminó hacia
su pareja.
—¿Qué es lo qu e has descubierto, Eva? —preguntó Adán
cautelosamente.
—Es acerca del árb ol. El árbol que es más delicioso que todos
los árboles del huerto.
Inocentemente, el hombre sin imperfecciones tomó la mano de su
esposa y fue con ella en dirección de donde ella había venido, sin
saber que estaban viviendo los últimos momentos de juicio sano qu e
su especie conocería jamás.
De repente Eva s oltó la mano de Adán y empezó a correr,
llamándolo mientras corría:
—¡Por aquí! ¡Pronto, por aquí!
Cuando Adán volvió a verla, ella estaba conversando mu y
animadamente con alguien... o con algo.
—¿Y quién es ése? —se preguntó Adán en voz alta.
Avanzó unos pasos más y vio la flexible y bella forma de una
gran serpiente, cuyo oscuro cuerpo r esplandecía como fuego negro al
ondular hacia atrás y adelante. La Serpiente estaba hablándole a
Eva con un susurro fascinador.
Eva, con emoción inocente, le hizo señas a Adán.
—Ven, Tierra Roja —le dijo Eva, llamándolo con la mano par a
que se acercara, a fin de que pudiese escuchar las palabra s
melodiosas de la Serpiente:
56

—Escucha lo que nuestro amigo reptil dice con respecto al
Arbol del Bien.
—¿Arbol del Bien? —preguntó Adán reflexivamente—. ¿Qué es el
Arbol del Bien?
Adán se inclinó para oír la voz susurrante de la Serpiente.
—¿Ha dicho Dios...? —fueron las palabras que Adán distinguió
primero.
—¿Conque Dios ha dicho que ustedes no deben comer del fruto de
este árbol? –repitió la Serpiente, aparentemente desconcertado por
el extraño mandamiento de Dios.
En ese momento, en los ámbitos invisibles toda la huest e
celestial se precipitó hacia el borde del huerto. Todos sabían qu e
no debían entrometerse en ese drama, pero ninguno de ellos pud o
contenerse de gritar frenéticamente dentro de su espíritu:
¡ADAN, GUARDA EL HUERTO!
¡TIERRA ROJA, GUARDA EL HUERTO!
Adán hizo una breve pausa, volvió la cabeza, parpadeó, y
entonces respondió:
—Sí, creo que esas fueron exactamente sus palabras.
—¿Ni siquiera tocarlo? —inquirió la Serpiente.
Mientras hablaba, la Serpiente seguía ondulando hacia atrás y
adelante, y su l engua ahorquillada salía de su boca y volvía a
entrar en ella rápidamente.
Sin esperar ninguna respuesta, la S erpiente empezó a mover a
un lado y otro la cabeza, como procurando descubrir a alguien que
pudiera estar cerca y que tuviese oídos incrédulos.
Bajando aún mas su ya suave susurro a un casi inaudible siseo,
continuó:
—La verdad es... —la serpiente calló.
Adán parpadeó otra vez y cambió de posición nerviosamente.
Entonces la Serpiente levantó la cabeza una vez más, escudriñó
el frondoso paisaje, bajó la cabeza ligeramente, y s iguió callado,
sin decir nada.
En ese momento todos los ángeles escogidos sintieron un helado
frío en su espíritu. Algunos de ellos se taparon los ojos de pur o
terror. Otros se taparon los oídos por temor a lo que pudiesen oír.
—La verdad es... ¿qué? —preguntó Adán impaciente.
Un gemido de horror y de ag onía salió de la g arganta de todos
los ángeles. Algunos cayeron de rodilla s; otros volvieron la
cabeza; otros más se precipitaron de regreso al ámbito invisible,
para caer allí postrados delante del trono. Otros, si bien sabía n
que ésa era ya una situación más allá de toda esperanza, con tod o
exclamaron de nuevo:
¡ADÁN, GUARDA EL HUERTO!
Ese día, que ya había tenido una grave tragedia para la hueste
angélica, estaba a punto de tener otra. Uno tras otro, los ánge les
comenzaron a llorar.
57

La serpiente se estaba aproximando cada vez más a Adán. Seguí a
ondulando la cabeza en forma rítmica hacia atrás y adelante.
—La verdad es que ustedes no morirán, sino que...
La serpiente hizo una pausa y se acercó tanto a Adán, que su
cabeza serpentina entró en la luz del resplandor de Adán.
—La verdad es que ustedes serán...
Ahora los ojos de la Serpiente fulguraron con fuego, su lengua
expelida se agit aba con gran rapidez hacia un la do y otro. Por
último, susurró, fuera del alcance de cualquier oído excepto el d e
Adán:
Ustedes serán como Dios.
Adán quedó totalmente cautivado ante semejante revelación.
—¿Podría esto se r el motivo de por qué nuestro Señor me ha
dicho que no debí amos...? —su voz fue desvaneciéndose hasta llegar
a un silencio racionalizador.





























58

CAPITULO
Veintitrés




Una extraña sensación tanto de presentimiento como de d estino
grandioso invadió el espíritu de Eva. Trató de sacudirse un helad o
estremecimiento q ue experimentaba, sin ech ar de ver que por un
breve momento el fulgor de su vestimenta de luz había menguado ,
igual que el resplandor de la de Adán. Tampoco se dio cuenta de que
el planeta entero parecía temblar ligeramente.
—¡Come, pues!
Eva miró alrededor para v er quien había h ablado. ¿Había sido
la voz de la Serpiente? ¿O la de algún otro? ¿Había venido desde
afuera? ¿O desde adentro? No lo podía decir con certeza.
—¡Come! ¡No morirás!
Esas palabras resonaron en el cerebro de Adán, en tanto que en
su mente se arremolinaban sueños embriagadores.
—Ustedes serán como... Dios... sabiendo...
Adán permanecía de pie, ató nito, delante del árbol prohibido.
Desde un lejano ámbito, un ángel solitario elevó una súplica final:
—¡Adán! ¡Guarda el huerto!
En ese mismo instante Eva arrancó una de las hermosas frutas
que ahora resplandecía iridiscente en su man o, y la deslizó en su
boca comiendo de ella. Enseguida, constreñida por una e xtraña
fuerza interna, se oyó a sí misma decirle a su pareja:
—¡Come! —Y con un súbito impulso puso la fruta en la mano de
Adán, al tiempo que le susurraba con una voz sorpresivamente
parecida a la de la Serpiente:
—¡Come! ¡Es buenísssima!
Por un instante adán vaciló. Entonces, viendo que Ev a estaba
aún perfectamente viva, a brió la boca y clavó los dientes en la
fruta prohibida. Con manos temblorosas y ojos flameantes Adán tragó
la condenación, al tiempo que sus ojos relumbraban como n egros
diamantes.
En ese momento un profundo y ondulante estruendo, que fue
aumentando hasta venir a ser un atronador rugido, recorrió
velozmente al planeta, saliendo luego al espacio infinito para
recorrer toda la creación.
La integridad del planeta favorecido se hizo pedazos cuand o
los dientes de Adán penetraron en la fruta prohibida. En es e
momento la creación comenzó su caíd a de la gloria a la par con la
caída de Adán.
59

El temerario bocado que Adá n tragó, descendió rápidamente por
su garganta e invadió todo su cuerpo.
¡Su cuerpo! Sería allí donde la enfermedad del árbol haría s u
morada.
¡El cuerpo de Adán comenzó a cambiar! Sus ojos relumbraban co n
un fuego atenuado. Su cue rpo se estremecía espasmódicamente, y por
primera vez su vestidura de luz parpadeó.
En su cerebro, a Adán le parecía estar asomándose en algú n
ámbito lejano, inexistente, ahogándose en verdades inexistentes.
Los ángeles que estaban observándolo todo, gritaron al
contemplar la caída del señor de la tierra.
La luz que envolvía a Adán fulguró violentamente al retorcerse
él y ondular, como alguien que danza al son de una música
torturadora, cuyo ritmo igualaba la cadencia de la encarnizada
batalla que se libraba dentro de su alma.
Las contorsiones de su cuerpo se hicieron más violentas, y
luego cesaron súbitamente. Entonces Adán levantó bruscamente la s
manos en lo que pareció un grotesco acto de adoración. Agitó lo s
brazos en el aire y luego los lanzó directamente hacia adelante ,
como si estuviese tratando de echar de sí alguna fuerza invisible.
A medida que esa enfermedad se precipitaba más y más
profundamente dentro del cuerpo de Adán, invadiendo su alma, la lu z
de su espíritu se esforzaba desesperadamente por escapar de la
repulsiva intrusión.
La luz del cuerpo d Adán disminuyó, y parp adeó una vez más ,
resplandeció con fulgor, se atenuó otra v ez y entonces se puso a
titilar. Aquella luz intermitente alternaba con rayos de negro
brillante. A cont inuación, la luz se hizo más y más tenue, hasta
que los rayos de la negr ura la superaron. Entonces la luz fulguró
por última vez como en un acto final de evasión.
En ese momento el cuerpo de Adán se estremeció. Enseguida Adán
suspiró con gran alivio. La batalla había terminado.
La luz de la raza adámica se apagó. Para siempre.
















60

CAPITULO
Veinticuatro




Una horrible risotada subió desde el planeta y retumbó por lo s
corredores del tiempo y la eternidad. Su abominable júbilo ,
resonando a travé s de la esfera del espacio, se abrió paso hasta
cada oído que ha bía en la creación. Sólo un arcángel podía jamás
producir, en un paroxismo de perversa delectación, un sonido tan
diabólico.
Yo he contaminado los cielos con mi rebelión. He tomado el mando de los cielos
de encima del planeta favorecido. ¡En el día de hoy he esclavizado al señor de
la tierra, al magnífico Adán! La más hermosa obra de artesanía de la creación
es ahora mi vasallo. En este día yo reclamo el principado del reluciente globo
azul. ¡Reclamo la tierra! El reino de los cielos nunca va a encontrar lugar en
este orbe perverso y contaminado. ¡El reino de los cielos nunca volverá a
acercarse! ¡Sépanlo todos, ahora y siempre, yo soy el señor de la tierra!
Entonces el arcángel caído bramó un vituperio final.
Escúchame, Tú, que eres llamado Señor de todo. Ahora yo soy el dios de este
mundo. Y quiero que sepas que prefiero gobernar este planeta condenado, que
servirte a ti en el cielo.
Por último las palabras de su enemigo llegaron hasta los oído s
de Miguel y de Gabriel.
—Está loco. Ahora él vive tan sólo para vituperar y mentir .
¿Pero qué es esa reclamación del planeta favorecido?
Ninguno lo sabía. Para tener la respuesta, los dos arcángeles
se volvieron hacia el ángel regist rador. La respuesta de
Registrador los dejó atónitos:
—Es una reclamación ilegítima. No ob stante, únicamente por el
advenimiento de u n Hombre que sea mayor que el hombre, podrá ser
rescindida esta reclamación.
—Pero, Registrador, eso es imposible.
—Tal vez.
—¿No existe otra forma?
—Ninguna... a menos, desde luego, que el Señor de la creación
disuelva su creación, volviendo los cielos y la tierra de nuevo a
la nada de donde vinieron.
—¿Lo hará?
—No me ha sido dado saberlo. Pero hay algo de lo cual esto y
seguro. Este no es el capítulo final del Libro de Registros.
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62

CAPITULO
Veinticinco




Según la caída de Adán continuaba, también proseguía la de l a
creación. El ámb ito visible fue deslizándose en un len to y
convulsivo agarrotamiento. Las gal axias oscilaron. En los ámbitos
invisibles las cr iaturas aladas se cubrieron el rostro sintiendo
vergüenza por lo que acababan de contemplar.
El resplandeciente globo azul se tambaleó en su órbita ,
pugnando por mantener el ru mbo que le fuera señalado en su carr era
a través del esp acio. En medio d e esa lucha, la rotación de la
tierra empezó a tornarse desenfrenada e irregular, disloc ando al
planeta y sacándolo de su eje.
En lo sucesivo y hasta e l último de sus días, el lesionado
planeta quedaría inclinado hacia un lado.
Al deslizarse de su lugar el eje de la tierra, continentes y
océanos se separaron de sus lugares señalados y se declararon l a
guerra unos a otros. Inmensas marejadas, algunas de ellas más alta s
que montañas, pasaron arrasando la superficie del planeta, ahogand o
hasta las águilas en su vuelo. Se abrieron gigantescas hendeduras
en las entrañas de la tierra, las cuales se tragaron cadenas
enteras de montañas. Violentísimos terremotos echaron otra s
cordilleras a un lado. La belleza y simetría de la superficie de l
planeta se fue co nvirtiendo rápidamente en un paisaje de ret orcida
confusión. Surgieron estaciones insubordinadas, cada u na batallando
con la otra, dejando así un pl aneta inseguro de lo qu e la
naturaleza pudiera tener en reserva para él en un día cualquier a
del futuro.
El planeta pródigo, apresurándose ahora en un a órbita
incierta, acortó s us días y sus noches para nunca más otorgarle al
hombre tiempo suficiente para descansar, ni tiempo suficiente para
cumplir las tareas del día.
Vientos ululantes y cegadores soplaron a través de asolado s
yermos cubiertos de hielo y de nieve. Se formaron casquetes de
hielo; como la m itad del planeta se tornó inhabitable, y la otr a
mitad sólo escasamente habitable. Regiones enteras del sa ngrante
planeta cayeron bajo el ago stador ataque del sol, contra el cual no
había protección, hasta que sus quemantes rayos extrajeron del
suelo hasta la última gota de humedad, dejando atrás desiertos
amortajados en un calor chamuscante.
63

El planeta favorecido, sintiendo la horrible tragedia que le
había sobrevenido, gemía a vergonzado y elevó la primera súplica de
la creación. Imploró por un perdón que siquiera existía, y clam ó
por una redención o, en su defecto, por la aniquilación.
Por la superficie del e spectral planeta, los e nloquecidos
océanos siguieron elevándose hasta el cielo mismo, buscando nuevas
fronteras. La tierra firme se fragmentó formando continente s
vagabundos que an daban errantes por los tempestuosos mares , como
buscando un hogar.
La furia contenida en las entrañas de la t ierra vomitaba con
violencia fuego d erretido, oscureciendo las lumbreras del cielo y
formando nuevas cordilleras que, a su vez, procuraban conquistar a
los océanos.
Sobre la muy red ucida porción de tierra seca en que no se
extinguió la vida, la tragedia de la caída empezó a produci r
efectos monstruosos en toda la biosfera.
Las flores, avergonzadas en la gran consternación de s u
violada belleza, mutiladas, cayeron de su elevado estado y se
volvieron yerbajos pervertidos. Preciosas criaturas volátiles, que
habían llenado la tierra con la música de sus alas, se tornaron en
molestas bestias del aire.
Bien pronto, la m aldición se extendió a cad a planta y flor y
árbol. La hermosura del planeta favorecido quedó retorcida hacia
abajo, para igualar el estado de su caído señor.
La tierra, antes perfecta, ahora d esfigurada por la vejación
del pecado, emergió de esa hora trágica como una lastimosa y
grotesca mutilación de una creación que una vez fuera perfecta.
Y en otros mundos, galaxias enteras se desprendieron de s us
invisibles órbitas y se lanzaron en los abismos de la infinitud.
La creación entera se unió a la ti erra en una ininterrumpida
oración con que imploraba una redención o des trucción, aun mientras
se retorcía y sufría convulsiones en el conoc imiento de su caída de
la gloria.
Ese ámbito que había sido majestuoso, y que ahora era tan sólo
un mendigo errante, se apresuraba sin rumbo a través d l a
inmensidad de la nadedad, clamando sin cesar:
¡Salva, oh Señor, salva!
Vuélvenos a nuestra gloria anterior,
O termina para siempre nuestro dolor.
En medio de toda esa condenación, el que una vez fuera señor
de la tierra y que ahora era el autor de su caída, permanecí a
parado al abrigo del huerto en estupefacta y total abstracción.





64

CAPITULO
Veintiséis




—¡Pero, y qué es esto! —gritó Registrador.
Los fundamentos de los cielos habían empezado a retorcerse ,
como si estuviesen dando a luz una monstruosidad. Desconcertados,
los ángeles se precipitaron hacia el trono, tanto por deber com o
por terror. Los ángeles siempre habían dado por sentado que lo s
lugares celestiales estaban exentos de tales sacudimientos. Y todo s
ellos sabían, y sabiéndolo, temían... que ni siquiera un arcángel
—ni siquiera la caída de la creación visible— podían causar ta l
sacudida de los cimientos de los lugares celestiales.
La intensidad del temblor aumentó, luego se centralizó. Algo
en las entrañas de la cr eación... no, de fuera de la creación...
estaba haciendo temblar los cimientos del cielo. Alguna dimensión
—o no dimensión—, algo hasta allí desconocido, estaba a punto d e
darse a conocer... en la presencia misma del trono .
Registrador sólo podía pensar en el Misterio que estaba en s u
Dios. Pero esto no era el Misterio. El M isterio, aun cua ndo era
secreto, era gloria. Pero esto era algo más siniestro de lo que au n
los espíritus angélicos podían entender.
De pronto comenzó a aparecer una grieta en el embaldosado d e
zafiro. Una extraña y ominosa oscuridad empezó a brotar de l a
misma, penetrando y derramándose en la sala del trono. Al ver
aquello, un rígido y frío terror se apoderó de todos los ángeles .
Una súbita sensación de desamparo sobrecogió a Gloir, quien en es e
momento de entumecimiento espiritual comprendió que la perfección,
la pureza y la santidad del cie lo iban a quedar manchadas para
siempre.
Entonces un retumbante grito subió de las entrañas de l a
líquida oscuridad. No existían palabras que describiesen ese sonid o
nauseante y contaminado. Nada de todo lo que los ángeles veían ,
oían u olían ahora... pertenecía a la continuidad de esta creación.
Todo el vocabulario de la creación resultaba inservible para
describir la aparición que emergió del interior de aquella
oscuridad negra como tinta.
Una indescriptible repugnancia avanzó desde la e scuálida
fetidez. Ante los ángeles se paró un monstruoso espectro que
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irradiaba como un fuego negro. Ni siquiera las tinieblas que l o
rodeaban podían igualar sus tenebrosos rasgos. Aquella cosa parecí a
ser toda la putrefacción y horribilidad que pudieran existir jamás,
encarnadas en uno.
—La antítesis de Dios —susurró Registrador.
—¡Es... que... no está vivo! —gritó Exalta.
—¿Qué es esto, Registrador? —preguntó Gabriel aterrado.
—Es la encarnación respirante de todo lo opuesto a la vida.
—¿Y de dónde ha venido?
—De lo recóndito del no.
—¿Dónde está semejante lugar?
—No existe semejante lugar, —respondió la austera voz de
Registrador—. El pecado ha resquebrajado la cautividad de él y l e
ha permitido pasar hasta aquí. No sabemos nada de esta cosa, ni de
su existencia, si es que existe.
Al escuchar eso, los ángeles retrocedieron en forma
desordenada. Hasta la espada de Miguel quedó colgando intacta a s u
lado. El más gra nde e importante de los arcángeles sabía muy bien
que incluso su poderosa espada resultaba del todo inútil para
combatir con esa entidad.
Entonces el Seño r se levantó de su trono y camin ó hacia la
convulsiva oscuridad. Hubo un res tallante destello al ava nzar los
dos personajes uno hacia el otro. Por un breve instante... antes de
que la luz y las tinieblas establecieran cada una su propi a
frontera... pareció como si toda la creación hubiese desaparecido
momentáneamente.
—Tú eres la Muerte —dijo el Señor.
—Y Tú eres la Vida —replicó la repugnante figura haciendo u n
gesto de escarnio.
Levantando por encima de la c abeza sus negros brazos
semejantes a garras, la Muerte exclamó:
—He sido llamado a la existencia. Ahora soy... ¡para siempre!
Soy lo opuesto a todo lo que Tú eres. ¡ He sido llamado a l a
existencia por mi fiel compañero, el Pecado! Estaré eternamente y
por siempre recorriendo tu creación.
—Yo soy todo lo que tú no eres. Tú eres todo lo que Yo no soy,
—fue la respuesta del Señor.
—¡Sí! —gritó la Muerte viviente inclinándose temerariamente
hasta el rostro de Aquel que es la Vida eterna.
—No tengo despojadores, ni siquiera Tú lo e res; —gorgoteó la
perversa figura-. Ni tengo ningún igual.
Entonces, rugiendo con alegría obscena, declaró:
—No tengo enemigos. Yo soy la victoria. Nada ni nadie pued e
hacerme frente. ¡Soy invencible! Yo conquisto todo. Soy la
Conquista misma. Nadie puede estar en pie delante de mí. ¡Mi hoz l o
siega todo!
La Muerte siguió dirigiendo con gr an temeridad sus malévolos
sarcasmos al Creador:
66

—Y... como Tú bien lo sabes... soy tu igual. Mi reino es tan
grande como el tuyo. Y mi muerte es tan eterna como tu vida.
Desconcertados, los ángeles permanecían pasmados de horro r
ante semejante insolencia temeraria. Entonces Gabriel dijo como
para sí mismo:
—Hasta los querubines encuentran su igual en el terror del
ángel de la muerte. ¿Es él tal vez de la especie de ellos? ¿O es u n
enemigo de Dios solo?
La Muerte continuó sus sarcasmos:
—He venido por todo este reino. Así como por todos los reinos.
Visibles e invisibles. Un día todos serán hallados en mi domini o
inanimado y sin vida.
La Muerte dio me dia vuelta. Sus ojos, si es que eran ojos,
recorrieron las extensiones de lo espiritual.
—¡No! Este no es mi lugar. No ahora. —Al decir esto, la Muerte
divisó la Frontera—. Hallaré mi ministerio en ese ámbito caído.
Comenzaré allí, porque yo tengo en ese lugar un asociado. Aquí nada
puede morir. No p or ahora. En aquel ámbito todas las cosas pueden
morir, ¡y habrán de morir!
Todas sus palabras estaban empapadas de codicia.
La Muerte dio vuelta otra vez para encarar al que es Vida, y
le espetó:
—Pero un día te habré de requerir aun a Ti... sí, incluso a Ti
que no puedes morir.
La Muerte se rió de sus propias palabras insolentes, y luego
se volvió y se encaminó hacia la Frontera.
—¡Azazel! —gritó entonces el Dios viviente.
Aquella figura, atónita, se detuvo bruscamente.
—¿Sabes mi nombre? —respondió la Muerte con algo parecido a l a
admiración.
—Tú sí tienes un enemigo —contestó el Señor—. Yo soy t u
enemigo. Y tú eres el mío.
—Sí, es cierto —siseó la Muerte—. Y cuando ya todo lo demás
esté en mi reino, entonces vendré por Ti... sí, por Ti, mi último y
único enemigo. ¡Mi único adversario digno de mis grandes apoderes!
—Sí, —fue la firme respuesta del Señ or-. Tú vendrás por Mí. Y
en aquella hora, que ciertamente marcará el f in de todas las cosas,
Yo estaré aguardando tu venida, porque Yo Soy tu presa final, y tú
eres mi último enemigo.
Una vez más la Muerte levantó sus retorcidas garras por encim a
de la cabeza, y pronunció:
Y en aquel día final,
El último de todos los días,
¡La Vida eterna habrá de morir!
Dentro de aquel resplandor negro se podía ver una sonrisa d e
triunfo en el rostro de la Muerte. Era obvio que ese ser tenebroso
no tenía duda al guna de que un día él triunfaría en todo lo que
había dicho.
67

La Muerte cruzó la Frontera. Su trayectoria lo llevaba derecho
hacia... el planeta caído.
Habiendo visto a la Muerte desaparecer con rumbo al huerto,
los ojos de los ángeles se volvieron de nu evo hacia el rost ro de
Dios. Pero sus mensajeros no pudi eron discernir ninguno de sus
pensamientos ni designios. Fuera lo que fuese su relación con l a
Muerte, fuera lo que fuese su designio y propósito respecto d e
aquella cosa, su voluntad era un misterio.
Pero si ellos hubiesen podido oír los pensamientos de Dios,
habrían escuchado que El decía:
No, Azazel.
¡En aquel día
La Muerte eterna
será la que habrá de morir!


































68

CAPITULO
Veintisiete




Al tiempo que la incorrupción se disolvía alrededor de é l y se
multiplicaba la corrupción, Adán pugnó por librarse de su e stupor.
En la última e infame fantasía que pasó po r los corredores de su
mente, Adán se figuró que era Dios.
Por último, despertó. Fue su mano —la mismísima mano que habí a
tenido la fruta p rohibida— la que le habló de la e normidad de la
tragedia que él mismo era.
—¡He perdido la luz que me cubría... que me revestía! —grit ó
Adán—. ¡Estoy... desnudo!
Era cierto: el que había sido el señor de la tierra, era l a
única criatura en todo el planeta que no tenía una vestidur a
natural. El que había s ido el señor de la tierra, ahora estaba
desnudo y avergonzado delante de sus desconcertados súbditos.
Medio enloquecido, Adán emp ezó a correr, precipitándose en la
espesura del bosque caído, con la esperanza de dejar atrás, d e
algún modo, su desnudada figura. Al correr, una horda de
pensamientos e imágenes psicóticos penetró bullendo en su mente y
se mezcló con su imaginación,
Hurtando su pureza.
Envenenando sus pensamientos.
Torciendo sus motivos.
Engrosando su intelecto.
Pulverizando su voluntad.
Y desenfrenando sus emociones.
Por su mente pasaron, arrastrándose, cual monstruos inmundos y
grotescos, multitud de pensamientos que lo incitaban constantement e
a saciar deseos insaciables.
El amor claudicó ante la lujuria.
El gozo huyó delante del placer.
La necesidad se tornó en codicia.
El enojo en odio.
La fortaleza en poder.
La humildad en orgullo.
El hambre en glotonería.
69

La comunión con Dios se convirtió en religión. Y las
intuiciones y per cepciones de su e spíritu fueron reemplazadas por
la clara y precisa lógica de una mente caída e ilógica.
Entonces le vino una comprensión final, horrorizante:
—No es tan sólo que la luz me ha abandonado, —gritó con
desesperanza—, sino que ah ora me estoy quedando ciego. ¡Sí, ciego!
¡Me estoy quedando ciego! El ámbito invisible... ¡se est á
desvaneciendo de mi vi sta! ¡Ya no pu edo ver claramente lo
invisible!








































70

CAPITULO
Veintiocho




Adán, que antes fuera ciudadano de dos ámbitos y señor de uno, s e
agazapó en un ma torral, con la e speranza de que su Señor no lo
encontrara. Eva, despertando d su estupor, lo segu ía, tropezando.
El solo y mutuo pensamiento de am bos era permanecer ocultos de la
vista de todos —para siempre.
Pero Adán sabía muy bien que en breve escucharía la voz de s u
Creador. En efec to, no pasó mucho tiempo antes d e que el Señor
cruzara la Frontera.
—¡Tierra Roja! —llamó.
Se percibía angustia en la voz del Señor.
—¡Adán! ¿Dónde estás tú?
Una y otra vez el Señor llamó en voz alta a su escogido. Pero
Adán se tapaba los oí dos, aunque sabía que i nevitablemente se
encontraría frente a frente con un Dios persistente.
—Si tan sólo mi espíritu funcionara —pensó Adán en voz baja— ,
él me dirigiría en lo qu e había de hacer... como siempre lo ha
hecho antes.
Por último, obsesionado con su culpa, Adán respondió desde los
matorrales.
—Oh, mi Dios, no te acerques más, pues estoy desnudo.
Un sollozo desgarrador brotó de la garganta de Dios:
—Adán, oh Adán, ¿cómo llegaste a saber que estás desnudo?
El corazón de Adán se abatió al escuchar la exclamación d e
Dios. Sintiendo remordimiento por s í mismo, así como compasión por
Dios que estaba dolido, Adán salió de entre los matorrales a la lu z
amarillo verdosa de un sol caído.
Los avergonzados rayos del sol que penetraban por entre e l
follaje de los árboles del huerto, revelaron bien pronto que ¡Adá n
se había recubierto ridículamente con hojas!
Adán se esforzaba por encontrar palabras que decir. Encogí a
los hombros desatinadamente, dánd ose cuenta nuevamente de que ya
esos momentos de revelación súbita no guiaban sus pasos. Ahora
Adán, forzado a de scender a un nivel de comprensión más bajo, t uvo
que hacer uso de un intelecto caído. Al hacerlo, reveló a toda l a
creación la enor midad de su caíd a, porque de sus labios fluyó la
lastimosa insania de algo llamado razón.
71

Incapaz de ser honrado consigo mismo ni de comprender que no
podía engañar a su Señor, Adán deshonró el le nguaje del hombre con
su respuesta:
—La mujer que me diste me hizo comer de la fruta prohibida.
Adán, que una vez tuviera un porte regio, ahora hablaba com o
un niño malcriado. El, qu e unas horas antes era ta n sólo un poco
menor que los ánge les, ahora demostraba ser t an sólo un poco mayor
que los animales. Era ya un hombre esclavizado a la disminuid a
capacidad de la lógica, que estaba procurando comunicarse con su
Dios basado en excusas.
La única respuesta del Señor a los razonamientos del hom bre
fue el silencio. En ese terrible momento Adán aprendió lo que un
día todo descendiente de Adán caído descubre: que tenía un a
conciencia que lo condenaba, y que esa conciencia podía gritar bien
alto y fuerte.
Adán se echó a llorar.
Entonces el Señor alzó los ojos y miró hacia los lugare s
celestiales, haciéndoles una señal a los ángeles.
—¡Aprisa! —ordenó Miguel—. Antes de que él quede ciego.
Lentamente, casi con timidez, los ángeles comenzaron a
reunirse alrededor de Dios y del hombre.
Adán levantó la vista. Su visión de sus amigos invisibles y a
estaba borrosa e insegura. Los ángeles, que a menudo habían rodead o
a Dios y al hombre, ahora caminaron con ellos compartiendo un a
tristeza mutua, canturreando al mismo tiempo, a modo de lamento,
una triste endecha. En breve Dios, el hombre y los ángeles unían s u
pesar y sus sollozos, originando así un réquiem por la inocencia de
la creación. Pero esa triste escena terminó de repente cuando Adán ,
volviéndose a su Creador, interrumpió aquella endecha e hizo la más
sorprendente petición.



















72

CAPITULO
Veintinueve




—Señor, no debes d ejar que el huerto permanezca en la tierra. Debe
ser relegado de este lugar. ¡Ahora! Y el Arbol de la Vida debe
regresar a su antiguo hogar.
—¿Entiendes tú plenamente por qué estás haciendo esta súplica?
—fue la respuesta del Señor, que se mostraba complacido porque n o
todos los sentidos espirituales de Adán estaban inoperantes.
—Sí, Señor; lo entiendo —contestó Adán temblando.
—Y ¿cuál es la razón? —inquirió su Señor.
—Me puede sobrevenir una c ondenación... a mí, o a Eva... o a
cualquiera de mis descendientes... tan inimaginable, tan atroz, tan
espantoso como es Azazel mismo.
—Si yo participase del fruto del Arbol de la Vida, uniría un
cuerpo corrompido, mortal, con la vida eterna. Oh, Señor, por
favor, no permitas que esto acontezca. La vid a caída, en un cuerpo
caído, mortal, unida a la vida misma. ¡Incapaz de morir nunca! Y o
andaría arrastrando por ah í perpetuamente el espectro de un c uerpo
eternamente mortal. Hasta los abismos del infierno se compadecería n
de mí.
—Señor, esto nunca debe acontecerme. Ni a mí, ni a Eva, ni a
nuestros descendientes. Por tanto, te suplico: quita el huerto de
aquí. Mándalo a la seguridad de los cielos. Trasládalo bien lejo s
del planeta herido. Para siempre, Señor. Para siempre.
—Haré como tú dices, hijo mío. Mandaré al huerto y al Arbol de
la vida que retornen a los lugares celestiales. Pero... quizás n o
para siempre.
El Señor tomó a Adán y a Eva entre sus brazos y les dijo:
—Vayan ahora. No puedo quitar el huerto de aquí hasta qu e
ustedes salgan.
—Ayúdame, Señor, a encontrar el camino de regreso a la entrad a
del huerto. No pue do ver. Todo lo espiritual, los ánge les así como
el huerto, están desvaneciéndose de delante de mi vista.
Caminando muy despacio, el Señor los guió hacia la entrada de l
huerto.
Eva, sintiéndose insegura de lo que los esperaba en la tierr a
inculta y árida que s e extendía fuera del h uerto, lloraba
silenciosamente. De cuando en cuando paraba de llorar y miraba
hacia atrás, como diciéndole adiós a su hogar.
73

Cuando llegaron a la entrada del hue rto, el Señor tomó una de
las más inocentes criaturas del ca mpo y la mató, a fin de usar su
piel para cubrir la desnudez de Adán y de Eva.
Fue el ángel Registrador quien expresó el asombro de todos lo s
ángeles, al escr ibir las siguientes palabras en las páginas del
Libro de Registros: “Cuán extraño es que Dios pueda matar.”











































74

CAPITULO
Treinta




Parados en la entrada misma del huerto, los tres contemplaron l a
apariencia del inhóspito planeta que se extendía afuera.
—Adán —dijo el Señor—, de aquí en adelante deberás labrar l a
tierra de este planeta ahora hostil y forzarla a producir las cosas
que necesitas.
Con suma ternura el Señor extendió la mano y tocó suavemente a
Eva.
—Tú, querida hija, eres la imagen de un facsímile, mi pareja ,
que Yo no tengo. En el futuro no muy distante darás a luz un hijo.
El alumbramiento de tu hijo será con dolor. Es el inevitable
resultado de la tragedia que le ha sobrevenido a tu especie.
—Con sumo dolor debo advertirte también que u n día tu cuerpo y
el de Adán morirán, de la misma manea que tu espíritu y el suyo ha n
muerto.
—Mi Señor y mi Dios —respondió Adán—, ¿qué es lo que nos h a
ocurrido? Este extraño dolor, este siempre presente sentido de
culpa, serán transmitidos a perpetuidad a toda nuestra especie, ¿no
es verdad?
Al oír lo que adán decía, Eva estalló en lágrimas y cayó e n
los brazos de él.
—Todo esto es obra mía —se lamentó—. Nunca debí haberte traído
al árbol maldito.
Como para tranquilizarla, Adán la estrechó entre sus brazos.
—No debes hablar de este modo. Ni ahora, ni nunca —le dijo. La
vibrante voz de Adán resonó con compasión—. Este error de errore s
no es tuyo. Soy yo, que antes era el incuestionable señor de est a
tierra, quien ha originado esta la mayor de todas las catástrofes .
La enfermedad, con s u poder de pr oducir muerte, es mi
responsabilidad y no la tuya.
—Pero un día los dos tendremos que morir —respondió Eva—, Y a
no existiremos más. Saber esto resulta insoportable. Más allá de l a
muerte no hay nada. Nunca te volveré a ver. Y si he de ser yo l a
que se vaya primero por e se tenebroso corredor, te habré de dejar
aquí para que mueras solo.
—No, Eva. Recuerda esto, y recuérdalo bien: Nosotros somos la
creación que ha visto lo invisible. Nuestros cuerpos morirán; sí,
es cierto. Pero e n algún lugar allá afuera, en alguna lejana era,
tiene que haber vida nuevamente. Cierta porción de nuestro ser e s
75

inmortal. La muerte no será ni nuestro fin ni nuestra separació n
eterna.
Si tú fueras llamada antes que yo,
Para que tomes tu lugar ante el trono,
A aquellas esferas que son eternas,
En ese resplandeciente ámbito supremo;
Aun cuando tormentas de luz
Te hayan de envolver allá,
O Dios mismo sea tu morada,
Mi corazón aún te encontrará.
Porque el amor no puede ser encadenado
Por la materia, ni el espacio, ni el tiempo,
Ni por otros grilletes de especie semejante.
Y cuando yo encuentre ese lugar glorioso
Donde tu rostro santificado haya de habitar,
Allí —mucho más— te habré de amar.
Estrechando aún a Eva protectoramente, Adán levantó el rostro
bañado en lágrimas y le habló a su Creador:
—Mi Señor y mi Dios, veo que ahora mismo te está s
desvaneciendo de mi vista. Y aun cuando mi cuerpo está contaminado ,
y la luz que me recubría se ha extinguido, y mi espíritu está dando
sus últimas boqueadas, con todo, conservo mi memoria. Y sé esto: Tú
no has terminado. En algú n lugar allá afuera, más allá de este
convulsivo día, hay esperanza. Tu Propósito por haberme creado no
habrá de terminar en mi sepulcro.
—Señor —añadió enseguida—, ¿qué es l o que hay en el futuro que
abriga nuestra esperanza?
—Tu esperanza no r eside en el futuro, hijo mí o, sino en eones
transcurridos hace mucho. En edad es anteriores a las eternidades,
cuando no había nada sino Yo Soy... cuando Yo era el Todo. Allí en
mi propio ser, tu esperanza fue establecida.
El Señor se volvió por última vez a Eva.
—Vendrá un día en que un descendiente tuyo pondrá de
manifiesto ese gl orioso día en qu e la esperanza vendrá a ser una
realidad. Todos tus descendientes, menos uno solo, nacerán de la
simiente del hom bre. Pero una ve z, una única vez, nacerá Uno en
este planeta que habrá de nacer de la simiente de la mujer . Fuera
de la enfermedad que re side dentro de los lomos del hombre y
excluido de ella, nacerá un Niño. De la simiente de la mujer.
El Señor hizo una pausa. Sus ojos relumbraron.
—El enemigo lo herirá en el calcañar, —añadió.
Al escuchar estas palabras Eva apretó los puños contra el
pecho, como si ella, madre de todos, pudiese incluso en ese momento
sentir el dolor que su descendiente habría de conocer.
Con palabras entretejidas tanto de triunfo como de e nojo, el
Señor continuó:
—¡Pero El aplastará la cabeza de tu enemigo!
76

A Eva le brotaron lágrimas no muy aj enas al gozo, mientras que
Adán levantó la mano hacia el cielo asintiendo.
—Ahora es tiempo de irnos, —dijo.
Dios y sus dos más apreciados compañeros se desp idieron. No
obstante, cada vez que se soltaban, volvían a abrazarse y a llo rar.
Pero una vez, cuando Adán procuró con esfuerzo separarse, el
huerto, su Señor y los ámbitos invisibles desaparecieron para
siempre de delante de sus ojos.
Entonces, tomando a Eva p or la mano, Adán salió caminado y
pasó a la tierra maldita. Los dos iban mirando a su alrededor, con
la esperanza de encontrar un pequeño lugar adecuado en l a
superficie del planeta herido, donde pudieran quedarse y vivi r con
seguridad.




































77

CAPITULO
Treinta y uno




El Señor se volvió para enfrentar el huerto. Al hacerlo, levantó la
mano.
—¡Ahora! —dijo.
El huerto comenzó a retirarse de la superficie de la tierra .
La Frontera se abrió a todo lo ancho para recibir de regreso en el
cielo al Arbol d e la Vida. Aquel precioso espacio que una vez se
llamó el Huerto del Edén, ascendió a los cielos y desapareció de l a
vista de la tier ra. En el lugar donde antes medró, apareció un
yermo desértico, vacío d e toda señal de vida. Donde una vez el
cielo se encontraba con la tierra, ahora no habí a más que arena
abrasada y quemada, casi una copia del infierno.
Cuando, finalmente, el h uerto y todo su contenido habían
encontrado seguridad en los lugares celestiales, el Señor extendió
los brazos para juntar de nuevo los dos ámbitos, de modo que se
tocaran en un pequeño sitio.
—Los cielos deben quedar separados del hombre. La Frontera
debe quedar cerrada. Debe cesar toda correspondencia entre los do s
ámbitos. Desde luego, habrá algunas ocasiones en que visitaré al
planeta herido. Y, quizá... en ocasiones más raras aún, podrá se r
necesario que el hombre visite los lugares celestiales.
Cuando acabó de decir estas palabras, el Señor alzó la man o
otra vez.
De inmediato la Frontera desapareció. En su lugar apareció una
gran puerta que sólo podía abrirse desde el lado del cielo. Los do s
ámbitos aún se tocaban, pero la Puerta herméticamente cerrada los
separaba tan com pletamente, que u n ámbito olvidaría que e l otro
hubiese existido jamás.
El Señor se volvió hacia el trono y gritó:
—¡Criaturas de terror, vengan!
De en medio de aquella luz impenetrable que envolvía el tron o
salieron dos cr iaturas de aspecto fiero y espa ntoso. Aquellos
querubines, protectores del t rono, fueron hasta la Puerta.
Enseguida la Puerta se abrió y los q uerubines ocuparon sus puestos,
justamente fuera del cielo, enfrente de la Puerta.
—¡Que nadie pase por ella si Yo no lo ordeno! —dijo El.
Al decir estas palabras, apareció delante de las criaturas de
terror una espada, toda cu bierta de fuego, que se revolvía y dab a
vueltas.
78

La unidad de la tierra con el cielo había terminado.
Observando los acontecimientos de ese triste momento,
Registrador hizo la siguiente anotación en el Libro de Registros:
De esta manera termina
La unión del cielo y la tierra.
No obstante, continúan
Las crónicas de los cielos y
Las crónicas de la tierra.
De esta forma, asimismo, comienzan
Las Crónicas de la Puerta.



































79

EPILOGO




Con el tiempo, los hijos de Adán se esparcieron sobre la faz de la
tierra. Caín, el primer hijo de la primera pareja, creció par a
venir a ser un homicida. A los demás descendientes de Ad án, al
llevar dentro de sí la contaminación del pecado, no les fue mucho
mejor. Por tanto, el Señor destruyó la civilización humana en u n
diluvio de aguas, salvando de esa destrucción tan sólo a un a
familia.
Uno de los hijos supervivientes de esa pequeña familia no
resultó ser nada mejor que aquellos que vivieron antes del diluvio .
Así, no pasó m ucho tiempo antes de qu e la faz de la tierra
estuviera otra vez poblada por la especie que había sufrid o
mutilación y que se llamaba hombre caído.
Durante todo ese tiempo, la Puerta que estaba entre el cielo y
la tierra se abrió sólo en rarísimas y muy contadas ocasiones.
Pero llegó un día muy memorable en que el Señor, acompañad o
por Gabriel y Mig uel, se paró en el pasaje situado entre l os dos
ámbitos y mandó que la Puerta se abriera. Entonces el Señor se par ó
sobre el umbral de la Puerta, mientras Miguel y Gabrie l esperaban y
observaban.
Este es un lugar que está aún más al este que la tierra de
Babilonia —dijo Miguel, mirando afuera el esc enario que se extendía
delante de ellos.
—¡Mira allí! —respondió Gabriel señalando hacia un hom bre que
estaba muy ocupado en desollar puercos.
—Ese es el hombre a quien el Señor le va a hablar en este día.
Según parece, su ocupación es criar ganado. Veo vacas, ovejas,
cabras y cerdos.
“¿Qué propósito habrá detrás del deseo del Señor de hablarle a
ese gentil no lavado?” —se preguntaron ambos arcángeles.
—¡Mira! Uno de lo s sirvientes de e se hombre lo ha l lamado a
almorzar —dijo Gabriel—. Parece que su comida favorita es carne d e
puerco.
—¿Por qué razón querrá el Señor hablarle a un pagano
incircunciso —preguntó Miguel.
En ese momento el Señor llamó en voz alta al hombre:
—¡Abram!

.


80

El Principio
es el primer tomo de
LAS CRONICAS DE LA PUERTA.
Los siguientes son:
La Salida
El Nacimiento
El Triunfo
El Retorno






















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(Contraportada)


CREACION... la caída del hombre... relación de Dios con su
pueblo... el nacimiento de Jesucristo... su resurrección.
• Una narración fresca y nueva de una historia muy antigua
— desde el punto de vista de los ángeles. • En El
Principio, Dios crea los cielos... y el ámbito visible,
incluso la tierra y todo lo que en ella hay. La corona de la
gloria de la creación es el hombre y la mujer, que viven y
se mueven tanto en el mundo visible como en el mundo
espiritual, señoreando sobre la creación, en plena comunión
con su Creador. • Hasta... hasta que el huerto es invadido
por el delicioso y mortal Arbol del Conocimiento y las
tentaciones del caído Angel de Luz... hasta que ocurre lo
impensable... hasta que el cuerpo de Adán y el de Eva quedan
contaminados, y cegados en cuanto a los lugares
celestiales... y la Puerta entre el cielo y la tierra se
cierra.

GENE EDWARDS es un apreciado narrador que ha escrito diecisiete libros.
Obtuvo su licenciatura en literatura inglesa e historia en la Universidad
Estatal del Este de Texas, y su maestría en divinidad en el Seminario
Teológico Bautista Southwestern. Gene Edwards fue por muchos años pastor y
evangelista, y sigue viajando extensamente, dando conferencias acerca de
la vida cristiana más profunda. El autor y su esposa Helen viven en Auburn,
Maine, Estados Unidos de América.
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