El planeta favorecido, sintiendo la horrible tragedia que le
había sobrevenido, gemía a vergonzado y elevó la primera súplica de
la creación. Imploró por un perdón que siquiera existía, y clam ó
por una redención o, en su defecto, por la aniquilación.
Por la superficie del e spectral planeta, los e nloquecidos
océanos siguieron elevándose hasta el cielo mismo, buscando nuevas
fronteras. La tierra firme se fragmentó formando continente s
vagabundos que an daban errantes por los tempestuosos mares , como
buscando un hogar.
La furia contenida en las entrañas de la t ierra vomitaba con
violencia fuego d erretido, oscureciendo las lumbreras del cielo y
formando nuevas cordilleras que, a su vez, procuraban conquistar a
los océanos.
Sobre la muy red ucida porción de tierra seca en que no se
extinguió la vida, la tragedia de la caída empezó a produci r
efectos monstruosos en toda la biosfera.
Las flores, avergonzadas en la gran consternación de s u
violada belleza, mutiladas, cayeron de su elevado estado y se
volvieron yerbajos pervertidos. Preciosas criaturas volátiles, que
habían llenado la tierra con la música de sus alas, se tornaron en
molestas bestias del aire.
Bien pronto, la m aldición se extendió a cad a planta y flor y
árbol. La hermosura del planeta favorecido quedó retorcida hacia
abajo, para igualar el estado de su caído señor.
La tierra, antes perfecta, ahora d esfigurada por la vejación
del pecado, emergió de esa hora trágica como una lastimosa y
grotesca mutilación de una creación que una vez fuera perfecta.
Y en otros mundos, galaxias enteras se desprendieron de s us
invisibles órbitas y se lanzaron en los abismos de la infinitud.
La creación entera se unió a la ti erra en una ininterrumpida
oración con que imploraba una redención o des trucción, aun mientras
se retorcía y sufría convulsiones en el conoc imiento de su caída de
la gloria.
Ese ámbito que había sido majestuoso, y que ahora era tan sólo
un mendigo errante, se apresuraba sin rumbo a través d l a
inmensidad de la nadedad, clamando sin cesar:
¡Salva, oh Señor, salva!
Vuélvenos a nuestra gloria anterior,
O termina para siempre nuestro dolor.
En medio de toda esa condenación, el que una vez fuera señor
de la tierra y que ahora era el autor de su caída, permanecí a
parado al abrigo del huerto en estupefacta y total abstracción.
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