[~J HO~JOR AL ESPIRITU SANTO
De pronto comencé a sentirme vacío, más de lo que me
sentía antes de recibir la unción, aunque el sentimiento
era diferente.
Empecé a llorar como un niño a quien
le faltaban sus
padres en un
momento difícil. Nunca me había sentido
tan solo. Lloraba con
una sensación de pérdida, de la for
ma que lo hace alguien en el funeral de un ser amado. Lo
que no sabía era que lloraba por mi propio funeral.
Esto
me estaba ocurriendo justo allí, frente a todo el
mundo, sentado en un lugar por donde la gente pasaba.
Como era natural, todos
me miraban, mis amigos no se
explicaban qué
pasaba conmigo y hasta ahora aún no lo
comprenden, porque nunca les comenté lo que estaba
viviendo. Era impresionante, sentía que iba a morir, y
bueno, era justo
lo que me sucedía. Me invadió un pro
fundo deseo
de morir a mí mismo. Quería ser como un
autómata para Dios, un robot obediente a sus mandatos.
Deseaba no
tener voluntad, o más bien que toda mi vo
luntad fuera la suya.
Claro que eso no es
lo que él quiere de nosotros, por
el contrario,
desea que le sirvamos voluntariamente y vi
vamos para obedecerle. Por favor, no malinterpretes mis
palabras, pero
lo único que deseaba en ese momento era
no vivir para
mí ni un solo día, ni un solo momento, ni un
solo minuto. Anhelaba vivir totalmente para él, solo para
él.
No para el ministerio del que soy líder, para nada o
nadie más, sino únicamente para él. Siempre
le he dicho
al Espíritu de Dios: «No yo, tú, Señor. No mi presencia,
sino la tuya». Pero esta vez era tan fuerte que aquella corta
oración expresaba el deseo
más grande de toda mi vida.
Aunque quizá para algunos esté equivocado,
lo único
que mi corazón anhelaba profundamente era vivir como
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